Hay una pregunta que hacemos constantemente a los niños y que, conforme crecen, parece ir desapareciendo de las aulas: ¿qué pasaría si…?
¿Qué pasaría si pudiéramos volar? ¿Si construyéramos una ciudad debajo del mar? ¿Si existiera una forma distinta de producir energía? ¿Si aquello que todos damos por sentado pudiera funcionar de otra manera?
Un niño puede pasar horas imaginando respuestas. Un adulto, en cambio, aprende poco a poco a buscar solamente la respuesta correcta.
Quizá ahí tenemos uno de los grandes desafíos de la educación.
Durante mucho tiempo hemos entendido la escuela como el lugar donde se adquieren conocimientos. Y, por supuesto, debe seguir siéndolo. Necesitamos niños que sepan leer, escribir, calcular y comprender ciencia e historia. Pero frente a un mundo en transformación acelerada, acumular información ya no es suficiente. Necesitamos también personas capaces de imaginar aquello que todavía no existe.
La historia de la ciencia está llena de esos momentos.
La famosa anécdota de Isaac Newton y la manzana suele contarse de manera simplificada: una manzana cayó y Newton “descubrió” la gravedad. En realidad, lo extraordinario no fue observar que las cosas caían. Millones de personas habían visto caer objetos antes que él.
Lo extraordinario fue la pregunta que imaginó a partir de aquello que veía.
El relato conservado por la Royal Society cuenta que Newton se preguntó por qué aquella manzana descendía hacia la Tierra. Esa capacidad de mirar un fenómeno cotidiano y preguntarse por lo invisible detrás de él abrió el camino hacia su teoría de la gravitación.
La ciencia comenzó, en ese instante, con una pregunta.
Y esto debería hacernos reflexionar sobre nuestras escuelas.
Algunas de las instituciones educativas más reconocidas del mundo llevan años estudiando cómo desarrollar deliberadamente estas capacidades. Project Zero, de la Universidad de Harvard, ha desarrollado metodologías para hacer visible el pensamiento y fomentar disposiciones como la curiosidad, la comprensión y la imaginación. Incluso utiliza ejercicios que comienzan precisamente con una provocación extraordinariamente sencilla: “Imagina si…”
En Stanford, la d.school trabaja bajo una lógica semejante: desarrollar la capacidad creativa de los estudiantes para descubrir y construir nuevas posibilidades.
No se trata de convertir la escuela en un espacio donde todo sea fantasía. Se trata exactamente de lo contrario: utilizar la imaginación como una herramienta para comprender y transformar la realidad.
La propia OCDE ha reconocido esta necesidad. PISA ya evalúa el pensamiento creativo, entendido como la capacidad de generar ideas diversas y originales, evaluarlas y mejorarlas. No es un asunto menor: las sociedades del futuro dependerán cada vez más de su capacidad para innovar y producir conocimiento.
Por eso deberíamos comenzar mucho antes.
Desde el kínder.
Imaginemos que junto a aprender colores, números y letras, un niño aprendiera también que preguntar es valioso. Que una maestra pudiera decir: “Hoy quiero que inventemos cinco maneras diferentes de cruzar un río”. No importa inicialmente cuál funciona. Primero imaginemos. Después investiguemos. Luego probemos. Finalmente descubramos cuál podría convertirse en realidad.
Ese pequeño ejercicio contiene buena parte del proceso de innovación.
Imaginar. Preguntar. Experimentar. Equivocarse. Corregir. Volver a intentar.
El problema es que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. Un niño entra a la escuela haciendo cientos de preguntas y, después de algunos años, aprende que lo importante es contestar correctamente las preguntas que otro formuló.
Necesitamos recuperar su derecho a preguntar.
Podríamos incorporar desde preescolar una hora de imaginar: un espacio semanal sin respuestas previamente establecidas. ¿Cómo sería una casa que no necesitara electricidad? ¿Cómo podríamos recoger el agua de lluvia? ¿Qué inventaríamos para ayudar a una persona con discapacidad? ¿Cómo sería nuestra ciudad dentro de cincuenta años?
Después, esas preguntas podrían acompañar al estudiante durante primaria, secundaria y universidad, aumentando gradualmente su complejidad y vinculándose con matemáticas, ciencias, tecnología, arte, filosofía y problemas reales de su comunidad.
Porque la imaginación no compite con el conocimiento. Lo necesita.
Cuanto más conocemos el mundo, mayores herramientas tenemos para imaginar cómo transformarlo.
México necesita mejores estudiantes, pero también necesita inventores, científicos, emprendedores, investigadores y ciudadanos capaces de pensar soluciones que todavía no existen.
Tal vez una de las reformas educativas más profundas no comience agregando otra materia al programa escolar.
Tal vez comience recuperando una pregunta.
Una que alguna vez todos hicimos de niños y que nunca debimos dejar de hacernos:
¿Qué pasaría si…?