A raíz de los escándalos de viajes de miembros de la clase política morenista, el analista Fernando Dworak, dentro de una participación mediática reciente, expresó de manera diáfana que el problema de gobernar con base en puros eslóganes, es que el discurso oficial tiene que ser cada vez más cursi, para terminar, siendo cada vez menos creíble. Por mi parte, abono a la misma idea afirmando que el reduccionismo en la manera de comunicar los temas de la agenda pública se traduce en el simplismo propagandístico, que a fuerza de repetición sí moldea la concepción que la mayoría de las personas tiene sobre los temas y conceptos simplificados. A modo de ejemplo, si repetimos con la suficiente convicción y habilidad que no hay agua en el desierto porque “se la llevan los ricos”, entonces jamás vamos a entender el ecosistema desértico y nos la pasaremos buscando a esas fantasmagóricas y adineradas alimañas, que quién sabe cómo y a dónde se llevaron “nuestra agua del desierto”, pero que sin duda se la llevaron.
Es cierto que sería una ingenuidad que la discusión de los temas públicos tuviera un nivel altamente técnico o especializado, porque terminaría siendo todo materia de expertos, excluyendo al ciudadano común. Y eso es insostenible en un régimen democrático; de hecho, es la idea central del despotismo ilustrado, que le quita voz a casi todos porque lo importante – según esa postura – no lo entiende casi nadie. No va por ahí. Todas las personas, además, necesitamos cierto grado de abstracción para sobrevivir en el mundo, ni modo que cada que nos moleste una mosca nos pongamos a estudiarla como lo haría un entomólogo. Pero dicho lo anterior, sí hay un punto de inflexión en donde el discurso pedagógico (político o no) se vuelve a tal grado engañoso, que termina siendo abusivo y tramposo, además de falso.
En los asuntos de interés nacional, la demagogia de la que habla Dworak suele usarse para convertir cualquier cosa en un dilema moral, donde, además, la moralidad es monopolio del demagogo. Así que no hay dilema: o estás conmigo o contra mí y, además, si estás contra mí, eres malo, no distinto. Eso tiene el efecto de deslegitimar el disenso y reforzar una visión única de las cosas que es decretada por el poder político, como en la granja de Orwell, que nunca está de más recomendar como una buena introducción literaria al tema del totalitarismo y su necesidad de imponer una narrativa única.
Aquí es donde se vuelve fundamental la libertad de pensamiento y expresión, como garantía de última instancia de todas las demás libertades. Porque, aunque sea una posición minoritaria, o incluso abiertamente ideológica, la oposición, el disenso y sus derivaciones son recordatorios de que existen varios futuros posibles, y de que el mundo social es como es por una serie de decisiones y circunstancias específicas; toda situación, toda hegemonía, todo imperio, es y ha sido una contingencia histórica, no un orden natural ni un destino providencial.
En lo que respecta a los viajes y lujos que puedan o no tener los integrantes de la clase política que hoy gobierna, el tema es más sencillo: el que a hierro mata, a hierro muere. El discurso obradorista se forjó a lo largo de varias décadas, por una persona sumamente cuidadosa en la imagen que proyectaba a las multitudes. Todo en él, hasta los zapatos sucios en las mañaneras y la camisa con manchas de desodorante, eran parte indispensable de la dicotomía pueblo – élite, para que no quedara duda de quién representaba al pueblo. El asunto es que al estirar la liga (no pun intended), a quienes agredieron por andar usando más de un par de zapatos como prueba irrefutable de todo lo que “se robaban”, eso obliga al oficialismo a proyectar apariencias cada vez más franciscanas, y efectivamente, del otro lado van a señalar cualquier cosa distinta al overol del milusos como una hipocresía elitista. ¿Es absurdo todo esto? Si duda. Pero lo provocaron quienes vendieron el poliéster y los zapatos sucios como única prueba de ética pública. Ahora a desdecirse.