La movilización social, específicamente en su vertiente callejera (que no es la única, pero es la más respetada en México), no es, o no debería de ser, un tema aritmético. Palabras que cada vez significan menos, como democracia, libertad de expresión, o respeto al disenso, se han desprestigiado no por carecer de valor intrínseco, sino porque la arena política a nivel mundial está pasando por un momento populista, y en esa lógica, los actores, sean opositores o gobernantes, hablan y actúan con una mentalidad de pandilla, no de responsabilidad. Es así como se cae en la pendiente resbaladiza de “mostrar músculo”: si tú llevas mil a tu informe, yo llevo dos mil a protestar contra tu informe; si tú llenas la glorieta del Ángel, yo lleno el Zócalo; si tú mandas 200 bots a insultarme en redes, yo mando 300 a insultarte a ti, y a denunciar que los únicos bots son los tuyos. Y así. La pregunta es vieja, y la respuesta también. ¿Cuánta mayoría me da el derecho de silenciar a la minoría? ¿Cuántas personas se necesitan para que una forma de pensar se considere digna de ser escuchada, si bien no obedecida? Sostengo que, en muchos países, incluido el nuestro, las preferencias políticas han pasado a ser identidades colectivas, más que alternativas racionales. A falta de coordenadas sólidas tanto filosóficas como morales en esta época, los nuevos ídolos del foro son desde políticos hasta corporaciones, por los que las personas dan la vida, la mayor parte de ellas, sin recibir nada a cambio más que la satisfacción de pertenencia a un grupo, a formar parte de algo más grande que ellos. En México, las únicas dos identidades que existen hoy, en la discusión pública, es el obradorismo y el anti obradorismo, es ocioso hablar de geometrías políticas o de siglas partidistas. Otros países han tenido el mismo fenómeno a partir de un liderazgo carismático y un discurso inflamatorio: por eso ha habido peronismo en Argentina, franquismo en España, varguismo en Brasil, trumpismo en Estados Unidos o cardenismo en México. Pero para no desviarnos. En México, la movilización social tiene un origen y una logística, históricamente, popular y corporativa y eso puede explicarse dentro de las ideas de las élites de Karl Deutsch. Quien tiene interés en movilizarse son los grupos de interés o las personas organizadas a través de una estructura: es decir, los políticos profesionales, los cabilderos que pueden orquestar manifestaciones, o los trabajadores que tienen un líder sindical que los organice. Pero también los tianguistas o los estudiantes, siempre que haya un liderazgo reconocible que articule tanto promesas como demandas. Quien está ausente de eso es la clase media, y específicamente la clase media profesional, porque no tiene ni tiempo para hacer activismo ni, a su modo de ver, algo que ganar, usualmente, en los movimientos sociales. Podríamos decir que se siente por encima de ellos (la fantasía del mérito) o ajena a ellos. A esta regla general hay que agregar algunas excepciones. En México, el Barzón y las primeras marchas por Ayotzinapa, son los ejemplos más vívidos. Y por eso, por su calidad excepcional, no es cosa de burla ni denuesto cuando las clases medias se organizan para defender alguna causa, ya sea el INE, o lo que ellos creen que es el INE, de verdad no importa mucho. Porque lo interesante es el hecho de que alguien, por convicción o por ira, los está haciendo salir a caminar en masa, y eso no es usual. Hoy ambas identidades están empeñadas en negar la inteligencia y la dignidad de la otra, y eso es peligroso. Lo que está pasando en Brasil debería alertarnos sobre los riesgos de crear esas mayorías de fractura. Bolsonaro no hubiera existido (como fenómeno político) sin el radicalismo discursivo de Lula. Y el anti lulismo está también más fuerte que nunca. El ambiente político de Brasil de 2022 no tiene nada que ver con el de 2002, la primera vez que llegó Lula, arrasando en la primera vuelta por casi 20 millones de votos de diferencia contra el segundo lugar. Hoy Brasil está dividido en dos identidades antagónicas, y millones de personas salieron voluntariamente a las calles a protestar con violencia y PEDIRLE AL EJÉRCITO que diera un golpe de Estado para evitar que Lula llegara de nuevo. Los gobernantes se van, pero las identidades permanecen. No se puede hacer política cuando las partes no disienten sino que odian y son odiadas sinceramente. ¿Eso queremos?