El fútbol se ha convertido en una de las industrias culturales más rentables del planetaal ser capaz de movilizar miles de millones de dólares a partir de las emociones y las identidades colectivas. Los grandes clubes son corporaciones globales; las ligas más importantes generan ingresos comparables a los de industrias enteras; y la Copa Mundial de la FIFA constituye uno de los eventos económicos y mediáticos más importantes del orbe.
Puede pensarse que la verdadera explicación de este éxito se encuentra en la capacidad del fútbol para transformar sentimientos de pertenencia en consumo. En este punto resultan relevantes las reflexiones de los economistas Akerlof y Shiller, quienes sostienen que los mercados contemporáneos no se limitan a satisfacer necesidades, sino que crean nuevas necesidades y deseos mediante las estrategias publicitarias de persuasión.
El fútbol es un ejemplo extraordinario. Una camiseta transmuta de ser una prenda a un símbolo de identidad; el acceso a un partido, productos oficiales y experiencias exclusivas apelan a emociones profundas vinculadas con el reconocimiento y el prestigio. La mercadotecnia explota con enorme eficacia el deseo de formar parte de un grupo, la lealtad a una comunidad y la necesidad de reconocimiento social.
Esta dimensión explica también el extraordinario impacto social de la Copa Mundial. Durante semanas, millones de personas experimentan una sensación de pertenencia compartida alrededor de selecciones nacionales. De tal modo que, en sociedades marcadas por la desigualdad, la polarización y los conflictos cotidianos, el fútbol ofrece una experiencia temporal de cohesión social que pocas instituciones son capaces de generar.
México ilustra claramente esta paradoja. Mientras persisten profundas tensiones asociadas a la violencia, la desigualdad y la fragmentación social, los partidos de la selección nacional producen momentos de identificación colectiva que parecen suspender, aun de manera efímera, muchas de esas divisiones. Sin embargo, esa cohesión convive con manifestaciones de violencia, discriminación e intolerancia que también aparecen en estadios y eventos masivos, recordándonos que el deporte no elimina las contradicciones sociales, sino que con frecuencia las exacerba y refleja.
Existe además una transformación histórica que merece atención. El fútbol nació como una práctica esencialmente popular. No obstante, la creciente comercialización lo ha convertido en un deporte que, en lo profesional, es cada vez más exclusivo. Los costos de transporte, hospedaje y entradas hacen prácticamente imposible que amplios sectores de la población puedan asistir a los partidos. Así, un espectáculo construido sobre una pasión popular ha terminado orientándose hacia consumidores de altos ingresos y clientes corporativos.
La gran contradicción del fútbol contemporáneo es que su inmenso valor económico depende precisamente de la pasión colectiva que lo hizo universal. El desafío consiste en evitar que la lógica de la rentabilidad termine erosionando las bases culturales y populares que sostienen al deporte más importante del planeta. Porque el fútbol puede ser un negocio extraordinario, pero su verdadera riqueza sigue residiendo en la capacidad de millones de personas para reconocerse, emocionarse y sentirse parte de algo común.
Investigador del PUED-UNAM