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Columnas
La corrupción, entendida como el aprovechamiento de un cargo público para un fin distinto del establecido en la normativa del mismo (un puesto público no es una oficina, ni una tarjeta de presentación es una esfera de competencias, nada más), ha estado presente en la historia y en todas las latitudes. De hecho, hay libros dedicados a identificar y estudiar las acusaciones de corrupción contra los magistrados por parte de Cicerón, y más abajo en esta columna, se colocan como ejemplos dos escándalos de días pasados en Nueva York y Honduras.
En Honduras, el juez Marco Vallecillo, y el abogado Nelson Omar Sierra fueron detenidos bajo acusaciones de extorsión de un testigo protegido. Según el Ministerio Público, los acusados exigieron tres millones de lempiras (más de 120,000 dólares) al testigo a cambio de no iniciar un procedimiento fiscal en su contra. La detención se produjo en flagrancia cuando la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC) intervino.
Una ex asistente del gobernador del estado de Nueva York fue acusada de utilizar su cargo para actuar en nombre de China. Linda Sun supuestamente impidió que los representantes taiwaneses se reunieran con funcionarios estatales, influyó en las declaraciones para reflejar la agenda de China y facilitó los arreglos de viaje de los funcionarios chinos a Nueva York. Según el Departamento de Justicia, ella y su marido recibieron millones de dólares en sobornos. Ambos niegan los cargos.
En Honduras vemos la voracidad inexperta en estado puro, con un juez anticorrupción intentando extorsionar a un justiciable, él mismo, de manera presencial, y detenido por ello en flagrancia. Es la demostración alegórica de un sistema de nombramientos y ejercicio de la función pública que tienen incentivos perversos, y traen por ello el riesgo inherente de generar resultados perversos: un juez anticorrupción corrompiendo su puesto.
En el caso de la ciudad norteamericana, cuya importancia económica y política la coloca por encima de varios países enteros, los métodos se sofistican: se habla de torcer la discrecionalidad, que se tiene en el cargo, para impulsar la agenda de un actor específico, que en el caso se considera, por el discurso oficial de ese país, como enemigo ontológico de los Estados Unidos, China.
La variedad de los métodos nos recuerda que la corrupción muta y se adapta a diversas culturas y diversos andamiajes de supervisión y control, pero nunca se erradica, porque no puede erradicarse la ambición humana conjuntada con la presión social.Hace 20 años, Fernando Escalante exhibió la esquizofrenia de nuestro idioma moral, cuando se contrasta con nuestras prácticas políticas, y es necesario decirlo así, porque no es tan sencillo como denunciar la hipocresía de los políticos o de la propia sociedad, que se dice honesta y actúa de modo deshonesto; se trata de una colisión de valores y categorías que hacen de la política, la que sea, una mala palabra y una actividad abiertamente repudiada, y de la democracia, un cajón de sastre donde metemos, a la fuerza, todas las cualidades morales que se nos ocurren.
Eso es lo que explica que, para los políticos y su actividad, ciertas cosas que se verían como desventajas en cualquier otra profesión, aquí son vistas hasta como garantías de que harán un buen trabajo: la falta de experiencia (porque no está “contaminada” la persona), la obtusa intransigencia (porque eso quiere decir que “no se vende”), el simplismo para explicar y resolver los problemas (porque eso quiere decir que es cercana “a la gente”), y otros semejantes.
Pero lo más interesante, quizás, sea el hecho de que tenemos las herramientas para rebatir la afirmación de que la corrupción “es cultural”, sin recurrir a evidencia anecdótica ni a retórica indignada. Porque lo que está mal es la estructuración de esa hipótesis. Todo producto de la acción humana es cultural, porque de lo contrario sería natural, es decir, presente en la naturaleza y preexistente a la civilización. Así que todo lo que está detrás de una conducta o estructura corrupta, así como su categorización misma, es cultural, porque no es biológica ni geológica.