Enamorarse de alguien, que resulta un total desastre para la vida del pobre enamorado, es una de esas condenas que han protagonizado sendas épicas de la vida de las personas y de las sociedades. Recordemos que la gesta homérica, desarrollada en Ilión, tiene al amor como hilo conductor de la desgracia. La traidora Helena, infiel con su esposo Menelao, se enamora del jóven Paris que recibido en el palacio del monarca espartano, protagoniza el más famoso -y costoso-, capricho amoroso de la historia mítica.
Confiar en el ser humano al que canalizaron tantas esperanzas, y que sin lugar a dudas ha sido materia de obras y prodigios humanos, también representa lo peor de sus manifestaciones: la traición, la mentira, la violencia, la indolencia… El sufriente o plasma en su creatividad todo su potencial, o se arruina en una cadena de dolor como el de Ariadna abandonada en Naxos cuando Teseo la abandona por otra mujer, cuando esta entregara a su amado, el hilo que lo llevaría al Minotauro dentro del laberinto. La ingratitud del héroe, y el dolor de la hija de Minos abandonada.
La violencia amorosa, genera anticuerpos. La experiencia enseña -o debería de-, concedernos el bien de un conocimiento que por amargo que sea, no debe de redituar sino en una maduración de sí mismos, que efectivamente, no tiende a ofrecerse como producto minucioso de la reflexión analítica, sino como la consecuencia del error y del infortunio.
Como los seres humanos, y a semejanza de sí, otro producto de su desventura por el mundo, son las consecuencias provocadas por inclinar su voluntad a la palabrería de un recóndito tirano. El tirano se parece a un malévolo seductor que solamente busca la satisfacción de sus más miserables intereses. Un interesado buscador de clientelas, a las cuales de pervertir con jugosas dádivas, que se parecen a los besos mentirosos de ese farsante del corazón. Los pueblos, como blandos donceles, inexpertos y sedientos de esperanzas, se entregan al primero que les lanza a las palabras que encantan, que saben a gloria, en medio de lo que pueda ser, quizá, lo terrorífico de la existencia, en donde no viene mal un abrazo, aunque sea de tan desafortunado personaje. Al igual que el desamor, la maldad del tirano tiene como consecuencia el horror de sus despilfarros a cuenta del pueblo.
Cuando Kant, refiriéndose a la noción de “insociable sociabilidad” nos remite a ese principio en donde los pueblos solo son capaces de aprender de sus atrocidades, seamos consecuentes reconociendo cómo las dulces mentiras del seductor, tienen la ponzoña del demagogo de cuyas tragedias, debemos de aprender para así entender por qué debemos someternos al poder de nuestras leyes, tanto como a la lealtad y respeto de las personas amadas.