Algo ha cambiado: Twitter, Tik-Tok, Facebook, Instagram…, recursos por todos conocidos, comunmente utilizado para la intrascendencia, en donde el ego del ser humano contemporáneo, se ha mezclado con su autocomplacencia; con el deseo de incrementar ventas, y en el peor de los casos, se han usado para acosar, difamar y hasta decidir elecciones, influyendo en esa denominada opinión pública, que salvo excepciones, pocos pueden presumir una formación seria que les permita evaluar críticamente los mensajes. Sin embargo, ha ocurrido una novedad sorprendente: la guerra.
La mayoría de los hechos bélicos conforman la monumentalidad de la historia. La guerra ha pasado por la glorificación, a pesar de sus miserias, y sin duda, marca uno de los momentos de la vida humana más trascendentes que pueden experimentarse, pero donde su narrativa quedaba relativamente limitada a ciertos sectores ilustrados, o a los medios de información, que además de ser fundamentales en su transmisión, la llegaron a ver como otro negocio digno de aprovecharse, y a veces con sesgos ideológicos, contribuyendo a favorecer a algún bando.
Ucrania marca un antes y un después en el desarrollo de la opinión pública contemporánea, pues gracias a las plataformas, el monopolio de la narrativa, da un vuelco que me permito afirmar que es completamente beneficioso para la humanidad, marcando un escalón en el proceso civilizatorio.
Ver, escuchar y sentir la emoción de la gente, que es la directamente dañada por la infamia, muestra al mundo un momento descarnado que jamás se había observado desde este ángulo, y mucho menos en tiempo real. La inaudita invasión rusa, ha recibido la condena de los tiempos desde el primer momento en que la voz de una sociedad defensora de su integridad, denunció no con el tono del especialista, sino con el lamento del ser humano lacerado, haciendo que los comúnmente auto satisfechos y apáticos contemporáneos, salgamos de nuestra abstracción y seguridad, para contemplar un suceso que no había ocurrido en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial.
Vladimír Putin, y su horda, compuesta por fanáticos de todo tipo, incluyendo disque altermundistas de presumible izquierda, que veían en las trampas demagógicas del dictador ruso, un aliado contrapuesto a los intereses de los Estados Unidos, y que no dejaban de glorificar, sin darse cuenta que nutrían la ambición de un bravucón miserable que ahora amenaza al mundo con el uso del poder nuclear.
Para déspotas y demagogos del mundo entero, esta guerra es el mayor golpe a la tiranía quizá en toda la historia humana, pues la voz de los lastimados se alza a través de la tecnología que muestra la cara de los invasores, de los saqueadores, de los asesinos… y ningún gobernante legítimo -o que aspire a serlo-, puede quedar estigmatizado con tan vil estigma.