Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a decir “sí”.
Sí al trabajo, a los compromisos, a las responsabilidades, a las invitaciones, a resolver problemas ajenos, a quedarnos un poco más, a aceptar una tarea adicional y, muchas veces, a posponer nuestras propias necesidades. Decir sí parece generoso. Decir no, en cambio, puede parecernos egoísta.
Pero llega un momento en que el cuerpo comienza a cobrarnos tantos “sí”.
El estrés excesivo puede manifestarse con irritabilidad, dificultad para concentrarnos, problemas para dormir, alteraciones del apetito, dolores físicos y malestar emocional. Por eso, aprender a establecer límites también forma parte del cuidado de nuestra salud. Decir no también puede ser una forma de cuidarnos.
No a una responsabilidad más cuando estamos agotados. No a sacrificar permanentemente nuestras horas de sueño. No a relaciones que nos hacen daño. No al exceso de alcohol, tabaco o comida. No a permanecer sentados cuando nuestro cuerpo necesita movimiento. No a posponer indefinidamente una consulta médica o un estudio que sabemos necesario.
La asertividad expresar nuestras necesidades respetando también las de los demás puede ayudarnos a manejar mejor el estrés, particularmente cuando acostumbramos asumir demasiadas responsabilidades porque nos resulta difícil negarnos.
Pero existe otra cara de la moneda.
También enfermamos cuando dejamos de decir sí.
Sí a caminar, aunque sean treinta minutos. Sí a una invitación para encontrarnos con amigos. Sí a aprender algo nuevo. Sí a viajar cuando sea posible. Sí a pedir ayuda. Sí a retomar aquella actividad que disfrutábamos. Sí a conversar con nuestros hijos, visitar a nuestros padres, abrazar a nuestra pareja o simplemente sentarnos alrededor de una mesa con las personas que queremos.
La ciencia ha demostrado que las relaciones sociales no son solamente agradables: también tienen relación con nuestra salud. Las personas con vínculos sociales sólidos tienden a presentar mejor bienestar físico y mental, mientras que la soledad y el aislamiento se asocian con peores resultados de salud.
Por eso, cuidar nuestra salud no puede significar construir una vida llena únicamente de restricciones.
Podemos cuidar tanto nuestro colesterol que olvidemos compartir una cena. Podemos preocuparnos tanto por cumplir nuestras obligaciones que dejemos de ver a nuestros amigos. Podemos estar tan ocupados sobreviviendo que olvidemos vivir. La dificultad está en aprender a qué debemos decir no y a qué debemos seguir diciendo sí.
Decir no a aquello que nos desgasta innecesariamente para poder decir sí a lo que nos fortalece.
No al exceso, pero sí al disfrute. No al sedentarismo, pero sí al descanso.
No a relaciones que lastiman, pero sí a aquellas que acompañan.
No a vivir permanentemente para cumplir expectativas ajenas, pero sí a asumir las responsabilidades que dan sentido a nuestra vida.
No a posponer nuestra salud, pero sí a disfrutarla.
Con los años comprendemos que nuestra energía, nuestro tiempo y nuestra salud no son infinitos. Elegir dónde colocarlos se vuelve entonces una de las decisiones más importantes.
Quizá una vida saludable no se construya solamente contando pasos, calorías, horas de sueño o cifras de laboratorio.
También se construye aprendiendo a elegir.
Porque, desde el cristal con que se mira, cada “no” que pronunciamos debería proteger algo y cada “sí” debería acercarnos a algo que vale la pena.
Al final, cuidar nuestra salud también consiste en saber cuándo cerrar una puerta.
Y, sobre todo, reconocer cuáles todavía vale la pena abrir, sin embargo, como bien decía Ramón de Campoamor "Nada es verdad, nada es mentira, todo es de acuerdo del color con el cristal con que se mira”