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La ley no se cumple sola

La ley no se cumple sola

Columnas lunes 28 de septiembre de 2026 -



En El principito hay un pasaje memorable. El pequeño príncipe llega al planeta de un rey que pretende mandar sobre todo, pero cuida que sus órdenes sean razonables. No ordenaría al sol ponerse al mediodía; esperaría la hora en que pudiera cumplirse. La escena parece sencilla, pero encierra una idea importante: mandar no basta. Una orden necesita condiciones reales para ser obedecida.
Con la ley ocurre algo parecido.
A veces imaginamos que una norma transforma la realidad desde el momento en que se publica. Se reconoce un derecho, se prohíbe una conducta o se establece una obligación y pareciera que el problema ha quedado resuelto. Pero una ley puede existir jurídicamente y, al mismo tiempo, tener poca eficacia social.
Por eso hablamos de normas eficaces y también de leyes que terminan convirtiéndose en “letra muerta”.
H. L. A. Hart planteó, entre otros problemas, la importancia de la regla de reconocimiento: los criterios que permiten identificar qué normas pertenecen válidamente a un sistema jurídico. Pero, además de saber qué cuenta como derecho, sigue existiendo una pregunta más incómoda: ¿por qué debe obedecerse la ley?
La respuesta no puede descansar únicamente en que fue publicada por una autoridad competente.
Una norma necesita ser conocida, comprendida y practicable. Aquí aparece un problema que solemos esconder detrás de una fórmula tradicional: “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”.
El principio puede tener una función jurídica comprensible: impedir que cualquiera evada una obligación simplemente alegando desconocimiento. Sin embargo, también puede utilizarse para trasladar toda la carga al ciudadano.
Si el Estado exige obediencia, también debe asumir un deber de explicitud.
No basta publicar miles de disposiciones en diarios oficiales, páginas electrónicas o reglamentos técnicos y después suponer que todas las personas conocen su contenido. Explicitar significa comunicar de manera clara qué se exige, a quién, desde cuándo, mediante qué procedimiento y con qué consecuencias.
La publicación oficial produce efectos jurídicos, pero no sustituye la comunicación. Entre hacer válida una norma y hacerla socialmente efectiva existe una responsabilidad institucional que tampoco debería ignorarse.
La eficacia de una ley depende también de eso.
Además requiere instituciones capaces de aplicarla, autoridades que conozcan sus obligaciones, recursos suficientes, procedimientos accesibles y mecanismos para verificar resultados. De otro modo, podemos tener normas impecables en el papel y derechos inexistentes en la vida cotidiana.
La ley no se cumple sola.
Crear una norma es apenas el inicio. Después hay que hacer posible su conocimiento, su comprensión y su aplicación efectiva.
Quizá el problema no sea sólo preguntar por qué las personas deben obedecer la ley. También deberíamos preguntar qué debe hacer el Estado para que obedecerla sea razonablemente posible.
Flor de loto: una ley que nadie entiende es una ley que el Estado todavía no termina de cumplir.


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