Una de las más importantes heredades del pensamiento clásico, es, sin duda, la idea de ciudadano. El mundo grecolatino, asume la idea de que la amenaza a las libertades, por parte de los tiranos ensoberbecidos -o amenazados-, es una realidad para la que el contingente civil debe de estar preparado, porque el peligro es una constante que jamás estará inhibido.
El ciudadano se forma para el ejercicio de la libertad, y es donde la expresión de su pensamiento, marca el renglón fundamental de su educación: saber hablar, saber escuchar, estar dispuesto a aprender de los argumentos contrarios independientemente de su aceptación o rechazo. La posibilidad de que los libres se expresen, es el oxigeno sagrado para la conformación del criterio que los tiranos detestan.
Los tiranos expresan sus posturas desde su deseo de mantenerse en el poder, o bien -lo más común-, para esconder sus delitos. El poder puede perturbar el ánimo, cuando las pasiones no gozan de la suficiente educación que contenga tendencias que hacen del sujeto, presa de sus más ostentosas pasiones. La pasión por hacerse de recursos que congratulan su siempre voraz ganas de nutrir su apetito, les hace pervertir el sistema entero para que les sacrifique los bienes públicos. La educación de la clase gobernante, bajo los principios del humanismo, siempre canalizó sus esfuerzos por formar a las élites para contener sus pasiones, entre otras cosas, apelando a la historia para aprender el costo de las arbitrariedades, cuando se les pasa la factura de los estúpidos caprichos de los tiranos, que en su momento, el mentado pueblo aplaudió con estruendo.
Esconder sus delitos, los de sus amigos y aliados, familias y toda su clientela, es otro ánimo más, en la lucha del tirano por mantener el poder, es por eso que su estrategia se va en contra de todo lo que puede señalarlo: instituciones; ciudadanos honestos; leyes y, por supuesto, la ocupación de la plaza pública donde la información no fluya, y si esta se manifiesta, rodearla de mentiras para generar la sospecha que convierte en dudosa la denuncia. Ya si las cosas se ponen peor, y no basta con argucias retóricas, el terror es el ingrediente estrella del déspota ¿Hasta dónde llega la ansiedad de los tiranos? La historia nos transmite tantos ejemplos, como lo que Tácito presentó de aquellos emperadores de la talla de Nerón y Calígula, y hasta dónde los ciudadanos estuvieron dispuestos a soportar sus miserias, o deshacerse de ellos.
Los ciudadanos a la calle, los ciudadanos ocupando el ágora, los ciudadanos defendiendo lo que es suyo: la Pólis, frente al voraz apetito del tirano. El déspota sufre cuando le quitan la calle, y en la plaza pública le gritan: ¡Ya no te queremos más!