Las cifras recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran un dato que podría parecer alentador: en México, una alta proporción de la población declara haber leído algún material en el último año. Entre jóvenes, el porcentaje es aún mayor. A simple vista, la lectura no está en crisis; se transforma.
Pero el problema no es cuántos leen, sino cómo leen.
Mientras las estadísticas reportan consumo de libros, revistas, páginas web y redes sociales, desde el ámbito educativo se advierte otra realidad. En el Encuentro Internacional “Alfabetización, Equidad y Futuro”, la directora general de Desarrollo Curricular y Políticas de Educación Inicial de la Secretaría de Educación Pública, Xóchitl Leticia Moreno Fernández, señaló que un porcentaje importante de estudiantes de educación básica presenta dificultades para comprender lo que se lee.
No se trata de falta de acceso al texto, sino de limitaciones para interpretarlo, analizarlo y darle sentido.
Aquí aparece la paradoja contemporánea: vivimos rodeados de palabras, pero no necesariamente de comprensión.
La lectura digital, que explica buena parte del incremento en los indicadores de consumo lector, tiene características que influyen directamente en la manera en que procesamos la información. Diversos estudios han identificado algunos problemas recurrentes: 1)Lectura fragmentada: se salta de un enlace a otro sin profundizar en ninguno; 2) Escaneo superficial: se buscan palabras clave en lugar de comprender argumentos completos. 3)Disminución de la concentración sostenida: la multitarea y las notificaciones interrumpen el proceso cognitivo; 4) Sobrecarga informativa: el exceso de estímulos dificulta discriminar lo relevante de lo accesorio, y 5) Menor retención y análisis crítico: al privilegiar velocidad sobre reflexión.
Esto no significa que lo digital sea negativo en sí mismo. De hecho, ha democratizado el acceso a contenidos y ampliado el universo lector. El problema surge cuando el formato favorece una lectura rápida, reactiva y emocional, más cercana al desplazamiento continuo de pantalla que a la comprensión profunda.
En la vida cotidiana, esta forma de leer impacta decisiones personales: se comparten noticias sin verificar fuentes, se interpretan titulares sin revisar contexto, se aceptan términos y condiciones sin analizarlos. En el ámbito profesional, se traduce en errores de interpretación, informes mal comprendidos y dificultades para sintetizar información compleja.
La advertencia desde la política educativa es clara: no basta con saber leer palabras ni con consumir contenidos digitales. La alfabetización del presente debe incluir habilidades de pensamiento crítico, análisis de fuentes, interpretación contextual y lectura profunda.
El desafío no es reducir la lectura digital, sino enseñar a leer digitalmente con profundidad. Esto implica educar en la pausa, en la verificación, en la capacidad de sostener la atención y en la reflexión argumentada.
México puede celebrar que más personas leen.
Pero el verdadero avance será cuando esa lectura —sea en papel o en pantalla— forme ciudadanos capaces de comprender, cuestionar y decidir con autonomía.
Porque en la era de la sobreinformación, comprender es poder.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)