En un mundo ideal el deporte y la política “deberían” estar completamente separados; todos aquellos asuntos ocurridos entre gobiernos y naciones de ninguna manera tendrían que afectar la marcha de las competencias internacionales, porque el deporte y el espíritu que lo mueve son uno de los aspectos más nobles y dignos de la humanidad. Sin embargo, esto no son más que buenas intenciones, porque la cruel realidad nos golpea todo el tiempo para demostrarnos que la política no sólo interviene, sino que aun maneja definitivamente al deporte, y ha sido así a lo largo de la historia.
Diversos regímenes se han servido del deporte para demostrar su superioridad frente a sus rivales geopolíticos; durante el siglo pasado, el gobierno de Adolf Hitler invirtió sumas millonarias para que los equipos alemanes de automovilismo deportivo (Auto Unión y Mercedes) vencieran a sus contrapartes francesa, británica e italiana. Asimismo, la celebración de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fue planeada para demostrarle al mundo que la raza aria era superior (en la humanidad no hay razas, es un hecho científico).
Durante la guerra fría las dos superpotencias rivales, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y los Estados Unidos, crearon sendos aparatos de captación y desarrollo de talento para que sus atletas vencieran en cada competencia en la que se presentaban, demostrando con ello las bondades de vivir en el mejor país del mundo con el mejor sistema político-económico.
Hay otras vertientes del uso político del deporte como forma de presión o medio para castigar a países no alineados con los designios de los poderes mundiales, tal fue el caso del boicot que el autoproclamado “mundo libre”, es decir, Estados Unidos y sus vasallos decretaron en contra de los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, supuestamente en protesta por la invasión rusa de Afganistán un año antes. A su vez, la URSS y sus títeres de entonces que hoy son sus enemigos jurados, regresaron la cortesía boicoteando los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y antes, en 1976, los países africanos no asistieron a los juegos de Montreal. Total, es bastante común que las justas deportivas sean víctimas de los vaivenes geopolíticos.
Sin embargo, usar el deporte para apoyar una causa en bien de la humanidad y todo lo que es considerado como justo, puede ser deseable. Desde los años setenta, el gobierno racista de Sudáfrica fue aislado internacionalmente para obligarlo a abolir el horrendo sistema del apartheid que mantenía segregada y discriminada a la población negra del país, inmensamente mayoritaria. Dicho engendro terminó en 1994 y a lo largo de todo ese tiempo Sudáfrica no podía participar en ninguna competencia deportiva a nivel internacional, era literalmente un país paria al que nadie quería acercarse.
Recientemente vimos protestas durante la celebración de la vuelta ciclista a España que buscaban impedir la participación de un equipo patrocinado por el gobierno sionista de Israel, que está perpetrando uno de los mayores crímenes de la historia en contra del pueblo palestino. Pedro Sánchez, presidente del gobierno español ha tenido una actitud en contra del genocidio digna de aplauso, es casi el único gobernante europeo que sí actúa decididamente. Se ha hablado incluso de que la selección española de futbol no participaría en el mundial tripartito del próximo año en caso de que la selección israelí califique. No sería cualquier cosa, porque en estos momentos España es el mayor favorito para alzarse con la copa FIFA. Aunque los israelíes son un equipo mediocre y tienen pocas posibilidades de llegar, la amenaza española está sobre la mesa. Todo quedaría automáticamente resuelto si la FIFA marginara al país genocida, lo cual sería más que justo. Hasta el jueves…