En las próximas elecciones, las intermedias más importantes de nuestra historia, debemos vencer al peor enemigo de la democracia: el abstencionismo, omisión ciudadana que ha permitido por décadas que una minoría se erija en representante de toda la sociedad. La participación de sufragantes es tradicionalmente mediana, sobre todo cuando los comicios no son presidenciales.
El porcentaje más bajo de abstencionismo se dio en 1994 con un 24 por ciento, pero en 1988 la ausencia de votantes fue del 52.6 por ciento, con lo que superó los comicios de 1985 cuando se registró el 49.3 por ciento. En las elecciones de 2018 no fue a votar poco más del 38 por ciento del padrón electoral.
Dentro de dos meses, 93 millones 774 mil 799 ciudadanos podrán ir a las urnas y definir el futuro de nuestra democracia. Sin embargo, según algunas encuestas, el 40 por ciento de los entrevistados no sabe si irá a votar, aunque el 60 por ciento de los evaluados dijo estar muy o algo interesado en participar. Mucha de la gente que votó hace tres años por Morena tiende hoy a abandonarlo ante los fracasos del gobierno y acepta que se equivocó, pero no votarán por la oposición, ya que están decepcionados de todos los institutos políticos.
El abstencionismo solo favorece al partido en el poder. Morena apuesta al voto duro y al uso electorero de las vacunas y de los programas sociales. La estrategia del plan nacional de vacunación no tiene una lógica epidemiológica sino política, por ello se vacunó a la población de adultos más favorecida por los programas clientelares y no por zonas de alto contagio o a sectores sociales de riesgo elevado. En cuanto a la dispersión discrecional de miles de millones de pesos en programas clientelares, los beneficiarios alrededor de 22 millones de mexicanos.
El gobierno le apuesta al plan de vacunación, el cual -aunque solo ha cubierto a poco más de siete millones de inoculados-, espera atender al total de adultos mayores, 13 millones, para antes de las elecciones.
Moverá también el sufragio cualquier escándalo político o de corrupción, sobre todo si es de un partido contrario al régimen, pero los analistas dicen que, si el escándalo es de algún militante o simpatizante de Morena, su base electoral no votará por otra opción, simplemente no acudirá a las casillas.
Es importante conocer el comportamiento de la mujer a la hora de tachar su boleta, ya que representa el 52 por ciento del padrón electoral y últimamente ha manifestado su descontento con las políticas públicas del gobierno en materia de equidad, violencia de género y, sobre todo, por el incremento de los feminicidios. Es necesario que ese voto, ese humor social, ese hartazgo, desencanto o desilusión no se quede en casa. Debe hacerse presente en los comicios, alzar con el sufragio la voz; de otra forma, su abstencionismo refrendará y legitimará a un sistema que ni las ve ni las oye.
A nadie conviene que triunfe el abstencionismo, ni en las elecciones de 2018 se pudo vencer a ese fantasma que cada tres años ronda las urnas y hace retroceder la vida política del país.
Nos jugamos el futuro, salgamos a votar este 6 de junio, escojamos en conciencia la opción que garantice las verdaderas oportunidades de crecimiento, reduzca la pobreza, mejore el empleo, combata la violencia, garantice la estabilidad política, evite la polarización y respete la división de poderes. Demos vigencia al voto útil, no hagamos que siga ganando una minoría que legitimada gobierne a las mayorías de una manera facciosa.