Por José García Sánchez
La veda electoral es un espacio que muestra a los electores como menores de edad. Un tiempo de reflexión que evoca más un espacio místico que social, parecido a la meditación profunda de una plegaria. En México más de la mitad de electores sabe por quién va a votar antes de las campañas. La politización de la sociedad, adquirida a golpes de fraudes y represiones está alerta, conoce a sus candidatos y, sobre todo, a los partidos.
Suspender información, críticas, denuncias sobre una actividad que sigue subrepticiamente, ha sido una especie de adopción de algunos medios que prefieren el silencio ante la responsabilidad. Se trata de un atentado al sentido común y a la inteligencia de los mexicanos, porque basta con ver noticias de otros países ya sea por internet o a través de la televisión por cable para darse cuenta de lo que los medios no pueden o no quieren decir en el país.
Los avances en las herramientas de la comunicación contradicen cualquier medida de restricción de información en cualquier país del mundo, aunque todavía este privilegio no es para todos los mexicanos. Porque poco menos de la mitad cuenta con computadora y un 20 por ciento no tiene celular. Pero la información es un bien global que no puede restringirse, aunque también la autocensura es una opción que quieren algunos adoptar como derecho.
La autoridad electoral de México, que violó las leyes electorales y extendiendo sus atribuciones hasta el absurdo, en tiempos de veda electoral ahora pidió que se respeten estos tiempos como si los consejeros electorales hubieran respetado sus normas y a la sociedad.
Uno de los pretextos de la veda consiste en que el ciudadano vote en libertad, cuando ésta se les estaba limitando con el protagonismo y las declaraciones de los consejeros electorales a lo largo de varios meses.
Votar no es un acto pasivo que imite la oración sino una actividad obligada, es el inicio de la participación política básica de los mexicanos. Se trata de la actividad mínima y básica de la aportación política de los ciudadanos hacia su transformación. Pensar acerca de la dirección de su voto implica un estado catatónico monástico en espera de la iluminación divina.
Desde luego que dicha veda serviría para que los partidos limpiarán su propaganda, para que los funcionarios públicos no intenten intervenir en los comicios, pero no para callar a los medios que dan cuenta de ese proceso.
La existencia de la veda electoral es una prueba más de la mediocridad de unas autoridades electorales que se quedaron en el pasado, donde sus ideas se estancaron por no dejar solo a un conservadurismo que va de salida. Su renovación es urgente y su permanencia con esos mismos personajes y con esas reglas atenta contra la democracia.