Diego A. Guerrero García.
“Los miserables” es una obra escrita por el dramaturgo francés, Víctor Hugo, y que, a pesar de publicarse en 1862, ha ocupado desde entonces un lugar privilegiado en los anales de la literatura universal. Por ende, es a través de su argumento que podemos concebir una serie de reflexiones que se conjugan en torno a la justicia, la ética, el derecho, la política, por mencionar algunas cuestiones que aterrizan en el entendimiento de un panorama necesario.
El autor nos sitúa en los comienzos del siglo XIX, en una Francia representada por una sociedad conservadora y clasista, inmersa en la batalla de Waterloo, y en un proceso de restauración monárquica que daba como resultado una efervescencia que desencadenaba en grandes sesgos de pobreza y desigualdad.
Por ello, cabe cuestionarnos cuál era la relevancia del derecho en aquel entonces, así como, la trascendencia de los simbolismos y situaciones que, más allá del tiempo, siguen permeando nuestro quehacer, pues en ese sentido, la obra se presenta a nosotros como un reflejo vivo de situaciones frente a una realidad presente.
Historias como las de Jean Valjean y Javert, quien fuera condenado a prisión por el robo de un pan para alimentar a su familia, pasando 19 años en la cárcel, nos abren la puerta a una discusión que nos deja vislumbrar el carácter atemporal de la obra, retratando la injusticia y desigualdad social que permea en la sociedad.
Al día de hoy, nos encontramos en el marco de un futuro incierto, producto de problemas que han estigmatizado nuestro funcionamiento individual y colectivo en los últimos años, por lo que, a casi dos siglos de distancia, los miserables parecen ser parte de una obra que vivimos todos los días.
De tal suerte, nuestros personajes emprenden un camino que culmina con diversas similitudes de nuestra época; la debilidad de un sistema penitenciario inconcluso, la pugna constante desde los diferentes sectores por un estado que garantice el ejercicio de los derechos humanos, dan cuenta que, desde aquel entonces, el sistema normativo no se rige por si solo, sino que se arropa por otras disciplinas y por el carácter humano como indispensable.
Finalmente, y no menos importante es la participación de los jóvenes, cuyo ímpetu revolucionario se presenta a lo largo de la obra como el principal motor de cambio, en constante búsqueda de mayores oportunidades para cristalizar una sociedad más justa y equitativa. Sin embargo, el rechazo de una sociedad que no dista mucho con la actual, nos exhorta a trabajar de la mano para lograr un estado de derecho que no incurra en los errores del pasado.
Los invito a conocer más sobre este interesante tema en Cultura al Derecho, este miércoles 3 febrero a las 17:00 hrs, en el canal 22, donde tendremos una apasionante plática con la Mtra. Tania de la Paz Pérez Farca, catedrática de la Facultad de Derecho de la UNAM.