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¿Volver a la “vieja escuela” policial?

¿Volver a la “vieja escuela” policial?

Columnas lunes 19 de abril de 2021 - 01:00

Nos hemos acostumbrado a medir eficacia de las instancias de seguridad a partir de sumar acciones delictivas en tiempo y lugar determinado, no por sus causas generadoras, porque llevaría a un debate criminológico sobre factores como pobreza, educación, ausencia de oportunidades, etc. Es más sencillo culpar a una instancia que a diez que debieran responder por ello.

Cuando la seguridad entra en crisis, se cuestiona el desempeño de las policías y sus integrantes. La “crisis policial” acapara espacios de análisis y opinión. Falta de infraestructura, ausencia de modelo y perfiles en las corporaciones, se tornan lugar común para explicar las atrocidades cotidianas.

Muchas monstruosidades (matanzas, secuestros, desapariciones, etc.) se explican por la psique de quienes las ejecutan, al asumir prácticas de la subcultura criminal, pero también por la ausencia de antagonismos institucionales a los liderazgos criminales.

En privado hay quienes exigen “mano dura” contra criminales y sus grupos, pero en público piden actuación impecable, apegada a la ley y los derechos humanos; se habla con añoranza de “tiempos en que la policía imponía orden”; de cuando los delincuentes temían a los “comandantes en jefe”; que había poco margen para el empoderamiento criminal. Historia, leyenda o mito, el control de los delitos de alto impacto existía. Esto es atribuible a instituciones y personajes específicos.

Nombres como Arturo “El Negro” Durazo, Salomón Tanuz, Miguel Nazar Haro, Alfonso Frías, Francisco Sahagún Baca, Valente Quintana, Martín Cruz Carreño, Benjamín Mariblancas, Silvestre Fernández Cervantes, Manuel Mendoza Domínguez, Alfonso Frías, Luis Uriarte Romero, José Luís López Hernández y, desde luego, Rafael Rocha Cordero, quien atrapó al tristemente célebre “Estrangulador de Tacuba”, Gregorio “Goyo” Cárdenas, son parte de esa lista.

¿Qué hacía que estos integrantes del Servicio Secreto, la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia o la Dirección Federal de Seguridad, fueran respetados socialmente y temidos por los delincuentes de su tiempo?

En principio, no existían controles en las misiones en particular. Se privilegiaban metas en general. No se cuestionaba el modo, sino el resultado. Aquellos policías eran dueños de sus casos. Tenían una basta red de informantes en todos los círculos sociales. No padecían del “mal del escritorio”. Encabezaban operaciones y “coberturas”. Sabían moverse en el complejo entramado del hampa y bastaba un buen “interrogatorio” a la persona correcta para obtener información suficiente para resolver casos.

Muchos policías de otros países vinieron en aquellos años a capacitarse con los agentes mexicanos en “técnicas de investigación”.

Esa “vieja escuela” se desvaneció ante la modernización de la función policial y la aparición de los esquemas de tutela de los derechos humanos. A la par, el fenómeno criminal mutó convirtiéndose en una compleja estructura corporativa difícil de contener y combatir.

Que se hable en privado de la nostalgia por el pasado -marcado por lo que hoy se considerarían imperdonables abusos policiales- exhibe una realidad indiscutible: se ha tornado imposible establecer un modelo policial que gane adeptos entre los gobernados y respeto ante la criminalidad.

Comenzaba a lograrse con la Policía Federal y sus cuadros, que en número importante hoy trabajan en lo local al no tener cabida en lo federal. Detenciones de alto nivel de los últimos 15 años lo testifican, a pesar de lo que digan los detractores del modelo.

Voltear hacia “la vieja escuela” no debería ser opción. Retomar un modelo que dio resultados con mejores prácticas, sí. Los modelos policiales no deben establecerse bajo premisas ideológicas, sino técnicas y profesionales. No hacerlo es ir contra la tendencia internacional. Impedir un modelo civil robusto y profesional, facilita expansión de inescrupulosos liderazgos criminales. Urge ponerles un alto.

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/CR

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