Arthur Conan Doyle, quien diera vida literaria al famoso personaje Sherlock Holmes, fue un gran aficionado y practicante ocasional del pugilato o boxeo en términos actuales. Aparte de las aventuras del más famoso de los detectives policiacos, el escritor inglés dejó como legado una serie de sabrosos relatos en los que describe encuentros boxísticos de mediados de los 1700. En estos se reunían centenares de personas de todas las clases sociales atraídas por el boxing: “llegan lores y sires y duques y marqueses” para presenciar un combate entre dos hombres, cada uno de ellos patrocinado por un personaje de la realeza, cual si fueran caballos de su establo.
Una vez que los asistentes estaban instalados en sus respectivos lugares, aparecían los contendientes, avanzando al trote hasta el sitio del encuentro, un reducto de hierba cercado con seis estacas unidas entre sí por una cuerda. Los púgiles, desnudo el torso, calzón ceñido, medias de seda y zapatos de carrera, llevaban en la cintura y al lado de las rodillas, cintas con los colores e insignias de su patrocinador. El combate no tenía límite preestablecido y podía alargarse indefinidamente, incluso desde el amanecer hasta la puesta del sol. De ahí que los boxers se movieran con lentitud calculada (nada de ataques impetuosos), con el fin de ahorrar fuerzas. Los puños iban limpios, sin ningún vendaje. Cada vez que uno de los rivales era derribado entraba su entrenador a levantarlo, arrastrándolo hasta la esquina marcada con sus colores, donde lo “curaban” para volver al combate, que llegaba a su fin cuando había pérdida del conocimiento o por rendición al levantar los brazos. Las apuestas eran comunes en estos “matches”: quién sangraría primero, cuántas veces sería derribado, quién ganaría, etc. El primer gran campeón inglés fue James Figg, que, al retirarse invicto con más de doscientos combates, fundó la primera academia de esgrima con las manos. Entre sus alumnos contó con numerosos miembros de la nobleza y personajes famosos, como los escritores Daniel Defoe, autor de “Robinson Crusoe” y Jonathan Swift, creador de “Los Viajes de Gulliver”.
Sin embargo, había mucha gente en Inglaterra que no veía con buenos ojos la práctica del boxeo, lo que motivó los primeros intentos de “civilizarlo”. Jack Broughton, de quien cuenta la leyenda derrotó a todo un batallón de soldados prusianos, uno por uno, recibiendo como paga la comida del día, depuró el deporte prohibiendo las trampas, tales como zancadillas, derribos y golpes por la espalda que eran una práctica común, dándole más importancia al golpe que al agarrón. Este código, escrito en 1742, no llegó a generalizarse. En 1837 fue coronada la reina Victoria y ella, que era bastante puritana, mocha y conservadora, prohibió el boxeo por considerarlo una práctica de salvajes. Muchos púgiles británicos emigraron a Estados Unidos, donde no era tan mal visto el deporte, aunque eventualmente también ahí fue proscrito.
Para suavizar la represión de las autoridades victorianas, un aristócrata aficionado llamado John Sholto Douglas, octavo marqués de Queensberry, intentó darle un toque refinado al pugilato. En 1867, redactó un nuevo código con la ayuda del periodista John Graham Chambers, que sería la base del boxeo moderno: nuevas medidas del cuadrilátero, 6.5 yardas por lado (5.9436 metros -el sistema inglés de pesos y medidas es un desastre-); tiempo de duración de los rounds, tres minutos con una tregua de un minuto; prohíbe a los contendientes agarrarse y ordena a los preparadores que no levanten al boxeador caído, a quien el árbitro contará diez segundos y en caso de no incorporarse se decretará la derrota; será sancionado el pugilista que golpee al adversario arrodillado; “El boxeador que permanezca colgado de las cuerdas sin tocar con los pies el piso del ring será considerado como si hubiese caído”. Las reglas de Queensberry desembocaron, años más tarde, en la clasificación de los boxeadores por pesos, modalidad creada por el National Sporting Club de Londres. Este reglamento tardaría años en aplicarse metódicamente en el mundo, hasta que, a finales del siglo diecinueve, los estadounidenses James J. Jeffries “El Calderero” y John L. Sullivan “The Boston Strong Boy”, se enfrentaron bajo este código, consolidando su aplicación universal. Hasta el jueves…