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Amor por los libros

Amor por los libros

Columnas lunes 12 de julio de 2021 - 01:00

Benjamín Barajas

Las declaraciones de amor por los libros suelen acompañarse del gusto por la lectura, del placer del cuerpo textual, del gozo de diluirse página tras página en la fantasía que concitan las palabras, hasta perderse en el mundo de la ficción, como sucede en “Continuidad de los parques”, cuento famoso de Julio Cortázar.

El proceso de “anulación” de la personalidad para asumir las actitudes, valores y cualidades de los personajes de las obras narrativas y dramáticas ilustra muy bien el “tempo” de la lectura, que abre un paréntesis en el mundo de lo real e instala un espacio diferente, para que puedan habitar en él los lectores.

La metáfora de esta transformación, o puesta en abismo, se aprecia muy bien en las obras de Cervantes, Borges, Cortázar o en La historia interminable de Michael Ende y, de seguro, en muchos otros ejemplos, cuya conjetura suele ser la misma: el motor de los libros es la energía humana, transformada en imagen e imaginación, capaz de irradiar luz sobre los rincones más oscuros de las obras escritas.

Pero también se debe decir que no hay lector sin libros, sin esos objetos, en apariencia inertes, a los que la tradición humanista les ha atribuido poderes especiales. En este contexto, debemos al inglés Ricardo de Bury (1287-1345), en su obra Filobiblón, una declaración de amor al libro en una época temprana para el Renacimiento y la imprenta de Gutenberg, la cual habrá de aparecer un siglo después de su muerte.

Esta obra fue publicada por la UNAM en 2018, bajo el cuidado de Camilo Ayala Ochoa, quien realiza un espléndido trabajo de edición y reconstrucción erudita de la vida de nuestro autor y de su pasión por los manuscritos antiguos y medievales, los cuales formaron parte de su patrimonio, y también de su ruina, pues se dice que acumuló más de 15,000, cifra descomunal para la época.

Ricardo de Bury fue obispo de Durham y su posición religiosa le permitió conocer, rastrear y acumular las obras escritas que se conservaban en los monasterios, entre los monjes de las diversas órdenes religiosas, a quienes critica por su ignorancia, sus vicios y perversiones; también les reprocha el desinterés y maltrato de los libros a manos de los estudiantes. De Bury reprende a los clérigos su magisterio indolente.

El autor se comporta como un profesor o bibliotecario moderno que considera la importancia de prestar las obras, siempre que el lector deje algo en prenda, da consejos sobre las técnicas para su reparación y se pronuncia a favor de los libros de la antigüedad sin censurarlos, incluidos los árabes; pues deben ser preservados por su enorme legado. Agrega: “Los libros deleitan cuando la prosperidad nos sonríe felizmente, consuelan inseparablemente cuando la fortuna, sombría, nos aterroriza; dan firmeza a los pactos humanos y no se pueden pronunciar sentencias de peso sin libros.”


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