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Asesinos

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Columnas miércoles 24 de marzo de 2021 - 01:00

Una turbulencia en la política internacional sucedió la semana pasada cuando Joe Biden llamó “asesino” a Vladimir Putin durante una entrevista televisiva. Tan tajante declaración abona al deterioro en las relaciones entre el Kremlin y la Casa Blanca, el cual se aceleró con la injerencia rusa en la elección presidencial de 2016. Asimismo, Biden llama asesino a su homólogo ruso justo un mes después de haberse hecho público un informe de las instituciones de inteligencia estadounidense donde se responsabiliza al príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed Bin Salmán, del asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi. De esta forma, el presidente de Estados Unidos deberá lidiar con dos importantes países dirigidos por asesinos comprobados.

La Realpolitik se impondrá a final de cuentas, sin duda. Biden no va a dinamitar las relaciones de Estados Unidos con Rusia y Arabia Saudita. El presidente siempre ha sido un halcón en lo concerniente a las relaciones con Rusia e incluso hizo de esa postura una bandera central en su campaña de electoral de 2020. En su primer gran discurso de política exterior, ya en la Casa Blanca, anunció un giro frente a Putin: “Actuaré de manera muy diferente a mi predecesor. Los días de Estados Unidos titubeando frente a las acciones agresivas de Rusia como las interferencias en nuestras elecciones y en las de otros países, los ciberataques, las violaciones al derecho internacional y el envenenamiento de sus ciudadanos y disidentes han terminado". Pero a pesar de todo, Biden y Putin acaban de acordar una extensión del tratado de control de armas New START y Moscú está organizando conversaciones de paz entre el gobierno afgano y los talibanes, claves para poner un fin definitivo a la presencia estadounidense en Afganistán. Por otro lado, Arabia Saudita es un aliado demasiado importante en Medio Oriente y por ello Bin Salman quedó exento de cualquier castigo.

Sin embargo, el duro epíteto dedicado a Putin por parte de Biden debe servir como un primer paso para frenar las injerencias de Rusia en occidente. Las alarmas saltaron durante la campaña electoral estadounidense de 2016, cuando se revelaron los preocupantes lazos entre el equipo de Trump y miembros del Kremlin y la existencia de una estrategia digital para influir en la opinión pública estadounidense. Desde entonces el peligro de la interferencia rusa ha estado presente en multitud de procesos electorales europeos. Los esfuerzos del Putin para desestabilizar a las democracias occidentales a través del arma de la desinformación también se han hecho presentes en campañas electorales recientes en Francia, Alemania y Cataluña. Con ello se pretende crear confusión y desconcierto. Putin ve en las democracias occidentales enemigas mortales dedicadas a tratar de derrocarlo, por eso no tiene escrúpulos en atacarlas. Occidente debe actuar ya y detenerlo.

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