Las lluvias del sábado 27 de septiembre volvieron a recordarnos, de manera caótica, la fragilidad de la Ciudad de México ante fenómenos meteorológicos cada vez más recurrentes. El agua no distingue entre colonias populares o grandes avenidas: simplemente desborda los límites de una infraestructura obsoleta, deja atrapados a miles de automovilistas y transforma calles en canales improvisados. Esta vez, la crónica se escribió en Iztapalapa y Nezahualcóyotl, donde la calzada Ignacio Zaragoza colapsó por completo bajo un diluvio que convirtió la vialidad en un lago de varios metros.
Lo viví en carne propia. Tras regresar de Puebla, en un viaje que ya de por sí estuvo marcado por la lluvia en Río Frío, encontré la trampa al descender del puente de La Concordia. Primero dos encharcamientos, superables con cuidado; después, la nada: un tráfico detenido que se prolongaría por siete horas de incertidumbre, impotencia y frustración. La imagen era surrealista: habitantes de colonias aledañas, literal, navegaban en lanchas, mientras un hombre avanzaba con el agua al pecho entre los carriles laterales. La Zaragoza se había convertido en una ciudad anfibia, sin respuesta institucional inmediata.
Pasó una hora, luego dos. Los vehículos apagados, la lluvia persistente, el 911 saturado y ninguna autoridad presente. Apenas en la tercera hora llegaron patrullas desde el otro extremo de la inundación para informarnos que, bajo el puente de la Concordia rumbo a Puebla, el agua alcanzaba metro y medio de altura y que nueve bombas luchaban contra lo imposible. Nos organizamos entre automovilistas para dejar pasar a los tráileres y camiones pesados, mientras los autos pequeños seguíamos varados a merced del tiempo y del azar. Sólo cuando la lluvia cedió y el agua bajó lentamente después de cinco horas, nos llenamos de valor y nos arriesgamos a cruzar.
Debo reconocer la labor de los policías que, con lo poco que tenían, empujaron vehículos, organizaron el paso y hasta improvisaron un transporte para quienes iban en camión. Pero ese esfuerzo individual no oculta la tragedia colectiva: vivimos en una ciudad incapaz de prevenir, de planear, de proteger. Cada aguacero se convierte en desastre anunciado, y cada inundación en un recordatorio de que las promesas de modernizar el drenaje y la infraestructura pluvial se diluyen, año tras año, como el agua en nuestras avenidas.
Esa noche, mis Pumas perdieron contra el América. Pero la verdadera derrota fue la de una ciudad atrapada en sus propias carencias, condenada a que la lluvia revele, una y otra vez, que la modernidad urbana es apenas un espejismo cuando el agua se impone. Porque más que la tormenta, lo que nos inunda es la negligencia. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/e3cGZBwSLww?si=tYwU3UOQ8LqBHsIa