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Baño de burbujas

Baño de burbujas

Columnas jueves 04 de diciembre de 2025 -

Hubo un momento en la historia en el que las personas vendían sus casas o adquirían deudas de usura para comprar flores y revenderlas en el incipiente mercado de valores. Casi todos, sobre todo quienes llegaron al final de esta ola de especulación, perdieron hasta la camisa. Este y otros casos históricos relata John K. Galbraith en su "Breve historia de la euforia financiera", un clásico divertidísimo y, hoy, muy vigente.

Y es que las burbujas de las criptomonedas y la inteligencia artificial, revelan símbolos lastimosos y rimados de una misma psicología colectiva: la fe ciega en el cambio rápido y radical del progreso, la confianza sonámbula en que la novedad tecnológica por sí sola crea riqueza sin costos colaterales, y la impulsividad histérica para copiarle al vecino, incluso cuando las evidencias son parciales o ambiguas. La economía básica nos enseña la distinción entre valor intrínseco y valor percibido, entre producción de bienes y especulación de tendencias. En su marco, una innovación disruptiva puede generar riqueza sostenida solo si se acompaña de fundamentos de productividad, demanda real y estructuras institucionales que canalicen la ganancia hacia usos productivos. Si no es así, se instala la euforia, con su doble motor: la promesa de una revolución que “cambia todo” y la superioridad babosa de “estar a la vanguardia”.

Primero, la criptomoneda emergió como una promesa de desintermediación financiera y de soberanía individual sobre el dinero. En la narrativa histórica, la novedad tecnológica opera como un espejo que proyecta esperanzas de libertad y autonomía, pero también de libertad para apostar. Los precios de las monedas digitales subieron a alturas siderales no tanto por una demanda de uso cotidiano —pagos, remesas asequibles, contratos inteligentes— sino por la certeza de que la redención de la confianza colectiva podría, por sí misma, generar valor. Es el mismo impulso que Galbraith describía cuando las innovaciones financieras se convierten en vehículos de ganancia rápida: el deseo de participar en la “gran disrupción” que promete cambiar las reglas del juego.

La inteligencia artificial, por otro lado, se presenta como la promesa de una productividad sin equivalentes, capaz de reconfigurar indolentemente industrias enteras: desde diagnósticos médicos más rápidos hasta algoritmos que optimizan la logística y la gestión del talento. De entrada, veo que, si bien la IA está siendo entrenada de forma permanente para asemejarse a nosotros, también nosotros estamos entrenándonos inconscientemente para reconocer su voz metálica y redacción invertebrada. Pero bueno, la euforia que rodea a la IA comparte con la historia de las burbujas una característica central: la confianza en un progreso que, por su propia naturaleza, parece autosuficiente. Si la tecnología puede hacerlo todo, ¿cuál es el límite? La afirmación de que “la máquina puede hacer todo” puede convertirse en excusa para la inversión excesiva, para la especulación sobre la próxima gran startup, para la concentración de riqueza en manos de unos pocos que poseen la clave de la lectura correcta de las señales de mercado. Por eso Nvidia puede estar valuada en mil quintillones de dólares y eso no implica que su tecnología avance en esa misma proporción. El mercado no valúa la realidad, sino el optimismo de los avaros.

La conjunción de criptomonedas e IA intensifica este fenómeno. En el mercado de criptoactivos, el valor se dispara no sólo por la utilidad real, sino por el ruido, la narrativa y la expectativa de que el próximo “tip” bursátil garantizará rendimientos inimaginables. Con IA, las startups prometen soluciones que “transformarán” sectores enteros; el discurso de disrupción se convierte en una mercancía que se negocia en mercados de capital de alto crecimiento, a veces sin un modelo claro de rentabilidad sostenida. El peligro reside en convertir la novedad tecnológica en un “sastre” del miedo: si la historia reciente enseña algo, es que la confianza desbordada tiende a desvanecerse cuando la realidad devuelve costos, complejidad de implementación y regulación (apple glasses, anyone?).

Hay que separar el entusiasmo del valor real: identificar usos concretos, mejoras medibles de productividad y beneficios para la sociedad, no solo para el inversionista. La innovación no garantiza prosperidad automática; la prosperidad requiere regulaciones, leyes, instituciones y conductas racionales. Y todo eso es más bien alérgico a la euforia.


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/CR

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