El holocausto representa una de las más vergonzosas etapas de la humanidad. Al finalizar la segunda guerra mundial y conocer los horrores que significaron los campos de exterminio, el mundo entero se estremeció y esto lo llevó a considerar que debía de haber una consecuencia contra los perpetradores de esa infamia. Aunque no se cumplía la norma general de derecho de que para establecer una sanción debía previamente de legislarse la conducta a sancionar, por iniciativa de los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Francia y Rusia coincidieron en que debían de llevarse a cabo juicios que pretendieran con argumentos jurídicos buscar la justicia, que clamaban dichas infamias, para lograr una sanción por justicia y no por venganza. Se llevaron a cabo entonces los juicios de Nuremberg que enjuiciaron a los dirigentes nazis que obedeciendo las instrucciones de Hitler, implementaron las muertes de millones de personas en esta masacre realizada.
Es en este escenario donde conocimos a la figura señera de Benjamín Ferencz, quien nació en 1920 en Transilvania, Rumania, en el seno de una familia judía que logró emigrar a los Estados Unidos buscando seguridad y esperanza. Desde niño destacó por una inteligencia excepcional y una curiosidad intelectual sin límite; se graduó como abogado en la Universidad de Harvard, donde desarrolló una estricta disciplina y una sorprendente habilidad para desentrañar cusas complejas. De pequeña estatura, pues medía un poco más de metro y medio de altura, pretendió ingresar al ejército, lo cual le representaba un reto, pues no se consideraba apto para ello, no obstante por su perseverancia logró incorporarse a las filas militares, si bien, ocupando una posición secundaria.
Al iniciarse los juicios de Nuremberg, Benjamín Ferencz, sorprendentemente fue llamado para formar parte del equipo jurídico que implementaría las acusaciones contra los dirigentes nazis que habían sido capturados. Se le asignó investigar los registros de los asesinatos, que, por cierto, los alemanes habían registrado con absoluta puntualidad. Encontró en ellos con sorprendente minuciosidad las cifras de hombres, mujeres y niños vilmente asesinados y Ben Ferencz con apenas 27 años se convirtió en pieza clave para armar la acusación en contra de los procesados nazis. Fue sorpresivo cuando fue nombrado fiscal para enjuiciar a los médicos nazis que habían cometido atrocidades en las personas de los prisioneros.
La historia narra un éxito rotundo del fiscal Ferencz y por ello fueron condenados todos los acusados a los que se enfrentó como fiscal.
A partir de ese momento toda su vida se encaminó en que se instituyera un tribunal penal internacional, por lo que luchó incansablemente, hasta que, efectivamente, se instituyó la Corte Penal Internacional de la Haya.
Benjamín Ferencz acuñó las frases de delitos en contra de la humanidad y de genocidio, por esta razón es una de las personas imborrables en la lucha jurídica de la humanidad por la justicia.