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Columnas
En una dimensión coyuntural, el boycott contra McDonald´s en medio oriente, las ganancias récord de las grandes petroleras y las protestas de granjeros a lo largo de toda Europa, no tienen ninguna relación. En una dimensión estructural, creo que sí.
El mundo está en una etapa confusa, porque trata de conciliar en un nuevo paradigma, elementos que estaban asociados a ideologías y teorías hoy fracasadas. Como ejemplos sencillos: el capitalismo boyante en Estados autoritarios, los electorados despreciativos de las democracias a cambio de resultados económicos o hasta retóricas reconfortantes, y la política (como práctica) que ha aprendido a controlar las variables económicas luego de algunas décadas donde, parecía, se debía resignar a actuar en una esfera extra económica.
Los tres hechos mencionados al principio revelan otra tensión inherente del sistema económico global presente: la creencia de que los problemas causados por el mercado, pueden resolverse, de alguna manera, con acciones de mercado. Dos de los mecanismos más populares alineados con esa creencia (porque es solo eso) son el boycott organizado de consumidores contra una empresa específica, y la promoción del consumo ético, normalmente asociado también a certificaciones privadas (atún en lata que protege a los delfines, textiles que usan menos agua, café que se compra a productores a precios justos, etcétera).
El tema interesante aquí, es que en la teoría económica neoliberal, el boycott está concebido como un castigo natural a los vendedores que ofrecen precios demasiado elevados o productos de baja calidad. En el siglo XXI, está siendo utilizado como una forma de movilización política, a veces electoral, a veces identitaria. Por si se pasó de largo, la nota explica que el problema empezó cuando una franquicia del restaurante en Israel (operada y adquirida por israelíes) ofreció comidas gratis a soldados israelíes. Es la corporación multinacional siendo afectada por acciones nacionales, étnicos, religiosos, a los que se supone es inmune.
Puede parecer una trivialización de los temas, pero en su núcleo, el boycott musulmán contra McDonald´s y el boycott de los frat boys contra Budweiser por su publicidad LGBT, tienen el mismo ADN. Son identidades lesionadas. El consumo ético entra en la otra parte, a saber, los incentivos políticos de la agenda ambientalista, contra los incentivos económicos que ofrecen las grandes corporaciones para seguir maximizando su producción y sus ganancias a pesar de que sus métodos no cumplan con la sustentabilidad ni con la responsabilidad de los compromisos internacionales (estrés hídrico, cambio climático, derechos humanos de los trabajadores, lo que sea).
Así, por un lado, se supone que nunca antes se había invertido tanto dinero en políticas y lobby ambiental, energías limpias, e incluso acciones punitivas contra infracciones ecológicas. Por otro lado, las grandes petroleras de todo el mundo (esto es importante) están teniendo años de enormes ganancias, por lo que definitivamente, la dependencia mundial hacia los combustibles fósiles no parece estar yendo hacia ningún lado.
El tema de los granjeros es interesante porque, en poco tiempo, han hecho que las autoridades de la Unión Europea retrocedan en sus propias decisiones que limitaban el uso de fertilizantes, permitían grano barato ucraniano, y establecían por decreto una reducción de emisiones de gas invernadero, que hoy consideran poco realista.
Además, a diferencia de las petroleras o las mineras, los granjeros son actores económicos que gozan de mucha mayor simpatía entre la población, porque a pesar de las historias de pesadilla de la agroindustria, siguen siendo las personas que producen la mayor parte del alimento en el mundo. Así que es más fácil pedir apoyo para los granjeros que para los accionistas de Shell.
Resulta que siendo la inflación el mayor problema compartido en el mundo, a nivel económico, especialmente provocada por el aumento en el costo de los combustibles y de los alimentos, las metas políticas de sustentabilidad y ética parecen ser excluyentes de las estrategias concretas que las industrias específicas pueden usar para mantener bajo control los precios de producción y por ende de venta de ambos bienes.
Si estas paradojas siguen repitiéndose, lo más probable es que tanto el boycott como el consumo ético se consoliden, ambos, como herramientas estrictamente políticas para movilizar electorados inflamados o para causar daños económicos a competidores dentro de un mercado concreto. Y quien más recursos tendrá para convertir el mercado en un arma será, precisamente, el que ostente más poder político y económico, ambos.