No fui al estadio Azteca al encuentro entre México y Portugal, porque no estaba dispuesto a pagar más de diez mil pesos por seguir a ese equipo que está destinado al fracaso, de manera que me dispuse a presenciar el partido de marras a través de la televisión. ¡No lo hubiera hecho!; apenas sonó el silbatazo inicial y ¡zaz!, el primer anuncio, seguido de un segundo y un tercero a lo largo de los primeros minutos. Cambié de canal y como siempre que sintonizo esa cadena le bajé al volumen (los otros por lo menos son ingeniosos y divertidos). Sin embargo, resultó igual: cada minuto
aproximadamente, la imagen del partido se hacía pequeña para darle lugar a un comercial y luego otro y otro más. Menciones publicitarias a mansalva: compra, usa, pide, bebe, aprovecha, apuesta.
Simplemente no era posible disfrutar del encuentro (“disfrutar” es un decir ya que resultó horrible y digno de ser olvidado). Ver el fut en la televisión se ha convertido en una experiencia in-fu-ma-ble; el público aficionado es sometido a un bombardeo inmisericorde de imágenes que contaminan la pantalla sin que nada pueda hacer al respecto, salvo apagar el aparato o mirar otra cosa, lo cual a estas alturas no suena nada mal.
En varias ocasiones he expresado en esta columnilla que el deporte es un producto de la sociedad que lo produce y por lo tanto en él se ven reflejados los valores culturales y morales de ésta. El futbol convertido en una vil plataforma publicitaria y simple pretexto para vender, vender y vender, es parte de dicho fenómeno. No sólo el balompié, sino el deporte en general, han sido víctimas del afán de lucro y la comercialización llevada hasta límites insoportables. La FIFA maneja más recursos que la mayoría de los países del mundo. Los jugadores de elite son millonarios que sólo tienen en mente ganar dinero más que el honor de la victoria. ¿Quién tiene tiempo para esas tonterías? Lo vimos hace unas semanas con la reunión de Messi y compañía con D. Trump.
Asimismo, la selección fue abucheada por amplios sectores de aficionados presentes en el Azteca, en vista de la poca actitud y mentalidad demostrada sobre la cancha. Bien ganados a mi juicio. Pero hete aquí que la mayoría de los presentadores y analistas de la tele se lanzaron a regañar a la gente, como si ellos fueran dueños del código de conducta del aficionado o algo así. Estos tipos sólo defienden los intereses y negocios de sus jefes y no tienen ningún derecho de callar o censurar a quienes pagaron su boleto, ¡faltaría más! Ya quisiera verlos exponiendo y denunciando las prácticas corruptas que privan dentro del futbol mexicano, las cuales son muchas y causa principal de que seamos tan, pero tan malos en el deporte más importante del mundo. Ahora quiero tomarme una pequeña licencia y usar el último párrafo para tratar un asunto de mayor relevancia que un partido de futbol:
Sin epítetos o adjetivos, esos te los dejo a ti, lector-lectora, la escena fue así: en la knésset, es decir el parlamento israelí, entre risas, brindis con champaña y lágrimas de felicidad, fue aprobada una ley para aplicar la pena de muerte, mediante la horca, a todos aquellos palestinos acusados de asesinar a un judío (99% son declarados culpables), en un plazo no mayor de noventa días. En contraparte, los colonos sionistas que asesinan a palestinos prácticamente nunca son castigados. La proporción de muertes entre uno y otro bando es abrumadoramente más alta entre los palestinos, quienes son brutalizados constantemente sin ninguna consecuencia para los perpetradores. Hasta el jueves…