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Columnas
Iniciaron las campañas políticas para la elección judicial. Recordé “El sentido de realidad”, de Sir Isaiah Berlin, publicado por estas fechas, pero de 1996. Hay un apartado sobre el buen juicio en política, que sigue siendo vigente y del que habría que extraer algunas lecciones para las y los jueces ganadores.
El ensayo, de solo 14 cuartillas, empieza así: “¿Qué es tener buen juicio en política? ¿Qué es ser prudente o talentoso, ser un genio político, o al menos ser políticamente competente? ¿Qué es aquello que pensamos que les falta a nuestros políticos cuando los fustigamos? Seguramente, que no están a la altura de la circunstancia del momento, están anclados en el pasado o anticipan un futuro imposible; van a contracorriente de la historia, no entienden el entorno internacional y son insensibles al dolor y la demanda social, etcétera.”
Esas carencias, dice, indicarían que existe un cuerpo de conocimientos y que está disponible, accesible. Inmisericorde, dispara de nuevo: “¿En qué consiste este conocimiento? ¿Es el conocimiento de una ciencia? ¿Existen realmente leyes que descubrir, reglas que aprender? ¿Se puede enseñar algo llamado ciencia política… integrada, igual que otras ciencias, por sistemas de hipótesis verificadas y organizadas en leyes, que permitan, mediante experimentos y observaciones adicionales, descubrir otros hechos y verificar nuevas hipótesis?”
Naturalmente, estas son preguntas ancestrales. No podemos soslayar que en política ningún evento o coyuntura es igual a otro. Es decir, para ingresar, permanecer y ascender en política o regresar a ella, lo que importa es entender la singularidad de la situación que enfrentamos, pues no bastan los antecedentes y la teoría. Dice que el mérito de los grandes gobernantes y estadistas no es que piensan en términos generales, sino que captan la combinación única de características que constituyen esa situación particular y eso no se aprende ni se estudia en ninguna universidad.
Así, el buen juicio en política resulta un don, un instinto, que permite obtener una integración correcta de una infinidad de datos. Explica que es un sentido de lo cualitativo más que de lo cuantitativo. Es lo que se podría denominar una sabiduría natural, comprensión imaginativa, discernimiento, capacidad de percepción o intuición; frente a virtudes tan opuestas como la erudición o la capacidad de razonamiento y de generalización.
Políticos exitosos como Obama, Trudeau y hasta Trump mostraron esta cualidad, esa comprensión especial de la vida pública. Sabían qué era lo que funcionaría y lo que no funcionaría y las interacciones y dependencias entre los componentes de tal o cual proceso o decisión. Algo así como el conocimiento del escultor respecto de la arcilla o la piedra y el cincel, frente al dominio que tiene el físico respecto de las leyes de su disciplina, “…el don particular de usar su experiencia y la observación para adivinar con fortuna cómo resultarían las cosas…”.
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