Continuando con lo escrito la semana pasada y teniendo más material para escribir sobre la coherencia política, retomar a Michael Ignatieff, ese lúcido intelectual que dejó la academia para sumergirse en el abrasador "Fuego y Ceniza” de la política canadiense, y en el que nos legó una de las reflexiones más honestas sobre lo que significa abandonar la torre de marfil para entrar al entorno difícil y a menudo desagradable de la política, es indispensable.
Su libro, "Fuego y ceniza: Éxito y fracaso en política", no es solo el relato de su derrota electoral, sino una profunda meditación sobre la tensión entre el pensador y el hombre de acción, la ética personal y la pragmática política. Una tensión que resuena, con eco estruendoso, en la política mexicana actual.
Hoy, mientras la "austeridad republicana" se ha consolidado como el mantra inamovible del discurso oficial en México, asistimos a una disonancia casi kafkiana. Altos funcionarios, legisladores y figuras prominentes que, con vehemencia, nos exhortan a la contención del gasto, a la sobriedad y a la eliminación de todo "privilegio", aparecen en fotografías y reportes de prensa en giras por las capitales europeas. El contraste es flagrante: la austeridad que se predica para el pueblo parece transformarse en una licencia para la elite viajera.
Ignatieff nos cuenta la devastadora exigencia de la política: cómo pulveriza la vida privada, somete al individuo a un escrutinio despiadado y lo fuerza a simplificar ideas complejas para la masa. Él, un intelectual de renombre, se vio obligado a mutar. ¿Qué pasa, entonces, cuando esa mutación se manifiesta en una doble moral tan evidente? ¿Qué queda de la "autenticidad" que el propio Ignatieff buscaba preservar en medio de la vorágine política?.
La "austeridad republicana" se ha convertido, más que en una política económica, en un valor moral, en una ideología. Implica un sacrificio colectivo, la renuncia a "lujos" del pasado para sanear las finanzas y concentrar recursos en lo esencial. Pero cuando los mismos abanderados de esa ética de la escasez son vistos disfrutando de los paisajes y las comodidades que un viaje transatlántico implica –gastos que para la mayoría de los mexicanos son inimaginables–, la narrativa se quiebra, por eso la presidenta Claudia Sheimbaum lo ha dicho y muy bien “Por su comportamiento serán reconocidos”.
Ignatieff, con una honestidad muy dura, exploró el "precio de estar en la política, de ejercer el poder político, de estar en la vida pública" y la forma en que la política puede consumir y dejar "cenizas" de lo que uno fue. En el caso mexicano, las cenizas que se observan no son solo la crítica y el desmedro personal, sino de la desaparición de la coherencia. Si la política es el arte de lo posible, también es, o debería ser, el arte de la ejemplaridad. ¿Cómo se construye confianza en un sistema donde el discurso y la práctica viajan en direcciones opuestas?
La vocación de servicio público, ese "fuego" inicial que impulsa a muchos, se empaña cuando se percibe una disparidad tan grande entre lo que se exige al ciudadano y lo que se permiten a sí mismos los gobernantes. No se trata de criminalizar los viajes oficiales, que pueden ser necesarios y como lo manifestó la presidenta Sheimbaum “la gente tiene derecho a visitar uno u otro país, pero tenemos una responsabilidad poítica que tiene que ver con el movimiento y los principios que representamos”.
Por eso, se trata de la narrativa, del mensaje político, y de cómo estos viajes contrastan brutalmente con la imagen de austeridad que se busca proyectar.
Quizás, lo que estos políticos mexicanos podrían aprender de Ignatieff no es solo la dura realidad del escrutinio público, sino la importancia capital de la coherencia. De cómo, al final, la imagen que uno proyecta debe estar anclada en la verdad de las acciones. Porque cuando la "austeridad republicana" se convierte en una consigna para los demás y en una excusa para los propios, el fuego de la credibilidad se apaga y solo quedan las cenizas de una promesa incumplida. Y, como lo plantea Ignatieff, recuperarse de eso, es un camino mucho más arduo que cualquier viaje a Europa.
ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica
e Imagen Pública