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Como la Guardia Nacional, por ejemplo

Como la Guardia Nacional, por ejemplo

Columnas jueves 03 de julio de 2025 -

Todos los líderes políticos tienen un sesgo ideológico (por eso son políticos, no burócratas) y también sus temas consentidos (que les importan mucho, aunque sobre ellos no sepan mucho). En el caso de la administración del expresidente López Obrador, sus temas eran, casi todos, sociales y de igualación económica. Creo sinceramente que él tenía (o tiene, pero ya sin el cargo) una obsesión genuina por abatir la desigualdad social y económica del país, y en aras de conseguirlo es que subordinaba muchos medios a los fines, o quizás volteaba hacia otro lado cuando se le presentaban informes incómodos tanto de aliados coyunturales como de paniaguados de toda la vida. El tema de la violencia, en cambio, ni le gustaba, ni lo entendía, ni quería lidiar con él. Como nos pasa a todos cuando sólo tenemos una perspectiva, solía verlo como una extensión del problema social, un efecto colateral de la pobreza y de la falta de oportunidades. Si los problemas relacionados, como la incidencia delictiva, la inseguridad y la violación de derechos humanos fueron ocupando cada vez más tiempo en sus mañaneras, fue porque su escalamiento no le dejó opción. Esa visión explica, también, que les haya dejado el paquete completo a las fuerzas armadas, y ahí es donde surge otro problema; el de la percepción que la población civil tiene de sus militares, y viceversa.

Siguiendo la cronología oficial (donde parece que el sexenio de Peña no ocurrió), la tendencia de Felipe Calderón a resolver todo a balazos, y a utilizar de manera creciente al ejército y a la marina en asuntos de seguridad pública, provino de otra coyuntura, una que lo puso en la silla presidencial con una enorme debilidad legislativa, por haber sido tan pobre la votación total con la que ganó las elecciones (menos del 34%, según recuerdo). Esto hizo que sus propuestas de reformas estructurales no llegaran a ningún lado, y que las comisiones parlamentarias le votaran en contra hasta las órdenes del día. Al verse acorralado – dicen – preguntó a sus abogados qué podía hacer como presidente sin preguntarle a los diputados. Le respondieron que lo más sencillo era hacer uso de sus facultades como comandante supremo de las fuerzas armadas. Y ahí empezó el entuerto. Claro que AMLO llevó esto a otro nivel, involucrando a los soldados y marinos en tareas de naturaleza eminentemente civil, desde la operación de puertos hasta la construcción de trenes; quizás por razones de optimización del gasto, quizás por razones de facilidad en la operación y la posibilidad de dificultar el acceso a la información relacionada; eso no lo sabremos hasta que los hechos estén suficientemente fríos para dejar de ser política y volverse historia.

En lo que sí se parecen los dos expresidentes es en la fascinación que ejercía sobre ellos la disciplina militar. De un subordinado castrense no escucharemos nunca pretextos, ni por falta de recursos ni por imposibilidad legal, ambas cosas tremendamente molestas para los estadistas con visiones de gloria, y que los hace estigmatizar como cobardes a los tesoreros, y como leguleyos a los abogados. Para el último, además, era valioso el bono de legitimidad ciudadana con el que cuentan las corporaciones militares. En las encuestas que miden aceptación ciudadana de sus autoridades, consistentemente la Marina y el Ejército ocupan los primeros lugares (el último suele estar reservado para los ministerios públicos locales y los agentes de tránsito, vaya usted a saber por qué).

Con eso y todo, los tropiezos en la construcción de la narrativa oficial, y los embrollos normativos en los que se han visto envueltas la SEDENA y la SEMAR, desde el sexenio pasado, se debe a que México tiene una historia regional particular. Somos el único país del subcontinente que no estuvo gobernado por una junta militar durante el siglo XX, y por eso el ejército mexicano no es como un ejército centro o sudamericano. Sin caer en reduccionismos, podemos afirmar que en parte se debe a que los propios militares, en nuestro país, tuvieron la convicción de mantener su estamento fuera de la política y de los proyectos ideológicos particulares. Pero, por otra parte, no dejamos de ser un país latinoamericano, y en español, militarización suena feo, y suena peligroso. Quizás el soldado mexicano es una especie distinta, con más vocación de seguridad interior que de guerra; quizás su involucramiento en tareas ajenas a las propiamente militares sea inevitable, por una ensalada de razones estructurales y económicas. Pero ni siquiera hemos creado un lenguaje apropiado para esas categorías, y mientras no lo hagamos, seguiremos dando tumbos surrealistas. Como la presidenta yendo a celebrar el aniversario de la Guardia Nacional al campo militar Marte, para decir en su discurso que sus integrantes tienen extracción militar y, como entidad, la misma pertenece a la SEDENA, pero que no es militar. Por ejemplo.

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