Rousseau es quizá uno de los pensadores de mayor popularidad en las sociedades modernas, en tanto consumador del principio de “soberanía popular”, es decir -como teorizará en El Contrato Social-, el pueblo como la única entidad facultada para crear sus propias leyes, esto es, el pueblo como origen y sustento del derecho. Al mismo tiempo, deja en claro que el principio soberano, no excluye al mismo de ser súbdito de sí, esto es, que se encuentra obligado a obedecer el derecho que él mismo crea, sin poner de pretexto su condición de hacedor de la ley. El pueblo soberano/súbdito concentra el binomio derecho/obligación que tiende a olvidarse cuando lo que siempre se exige es derecho, pero sin obligación alguna, como algún grupo que pretenda ofertar sus mercancías en la vía pública, considerando que ese es “su derecho”, pero no refiere nada a su obligación de pagar al menos la luz que utiliza directamente de la vía pública.
La responsabilidad popular obliga, desde el primer momento, a atender un requerimiento fundamental de toda sociedad republicana, y es la obligación de las instituciones políticas en general, como de las personas en lo particular, de informarse sobre los asuntos de la vida pública, generando un sentido crítico de las circunstancias, para no convertirse en meros alfiles al servicio de un discurso demagógico. La vida en libertad, es una responsabilidad permanente que no puede ignorar la necesidad de difundir el pensamiento que nos dio la conciencia de nuestras libertades, de nuestro derecho y de nuestras obligaciones, no simplemente de manera nominal, sino como una forma de vida de nos confiere la categoría de “ciudadanos”.
El ciudadano: el sujeto libre; el soberano/súbdito de sí y portador de la “voluntad general”, es decir, el principio legitimador de la portabilidad soberana en el pueblo, no puede ser una entidad pasiva que observe la destrucción de sus instituciones, y como dirá Rousseau en sus Confesiones, pensando en Las Vidas Paralelas de Plutarco, que el legislador Licurgo hizo de la ley el mayor instrumento educativo de su sociedad, pues sin educación civil no existen ni ciudadanos, ni república.
Por años, la formación exclusivamente técnica impuesta en las universidades, abarató el conocimiento al convertirlo en un simple adiestramiento laboral a crítico, en donde la formación de ciudadanos, se arrinconó en pocas instituciones conscientes del protagonismo que tienen en la génesis de la conciencia. Quizá el peor pecado del neoliberalismo -y origen de su destrucción- fue su apuesta ciega por la técnica, y su olvido humanístico, formando millones de universitarios que jamás desarrollaron el sentido crítico de nada, y se han convertido en consumidores de discursos populistas con pasmosa ingenuidad, al grado de que varios demagogos ostentan la primacía en varias sociedades otrora abiertas.