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Contentando al cavernícola

Contentando al cavernícola

Columnas jueves 12 de marzo de 2026 -

El Congreso de Viena fue la asamblea internacional más importante celebrada durante el siglo XIX. Acudieron los representantes de las potencias militares y políticas más poderosas del mundo, y se realizó con la intención de reconfigurar el mapa de intereses e influencia en

Europa, luego de que las guerras napoleónicas hubiesen dejado huella en todo el continente.

Entre los asistentes, se encontraban algunas de las mentes más agudas de la época, como Talleyrand, Metternich y el Duque de Wellington.

Por parte de Rusia, fue el mismísimo zar, Alejandro I. Cabe mencionar que, a diferencia de las otras figuras de Estado, la presencia del zar, para los rusos, era también divina e incontestable, puesto que el zarismo consideraba a los gobernantes como encarnación de la ley divina y como líder religioso. El lenguaje de este personaje dejaba ver estas creencias, porque su grandilocuencia y ambiciones tenían un tono providencial que contrastaba con el pragmatismo y realismo histórico de los ingleses y los austriacos. Henry Kissinger, en su libro de Orden Mundial, nos recuerda que en esa época un diplomático o un representante ante los demás países, no era un mero pasador de recados, porque la distancia en las comunicaciones requería de ellos mucho más prudencia, astucia y cautela, al no poder ni pedir ni recibir línea inmediata de sus jefes.

En este contexto, casi todos se expresaron después, en privado, con bastante desprecio y reserva sobre el ruso. Sabían que lo tenían que dejar hablar, y a la hora de los acuerdos, ellos defenderían los límites necesarios para que su país no saliera del congreso peor que como llegó, y el continente tuviera cierto horizonte de paz futura. Todo lo anterior contrasta con la reunión entre Donald Trump y algunos gobernantes latinoamericanos, llamada "Escudo de las Américas", o algo así. En ella, el preidente de los Estados Unidos tuvo desplantes alejandrinos pero despojados de la mística decimonónica, y se quedó en la agresión verbal, la majadería y la humillación permanente, como es su costumbre. Los otros asistentes, se tragaron el abuso con una sonrisa mal puesta mientras desdeñaban, de entrada, el idioma español. Ese contraste dice mucho sobre la época chafa y vulgar en la que, geopolíticamente, nos encontramos.

La noticia de Viena se filtraba, como sucede con los grandes tratados, a través de una red de rumores y clarificaciones estratégicas. No era simplemente una carpintería de fronteras: era un intento de enseñar a las naciones a coexistir con límites que, a la postre, imponían una cierta moderación a la ambición. En aquel tablero, cada potencia traía sus propias reglas morales y políticas: la paciencia inglesa, la obstinación austriaca, la rigidez rusa y una Prusia que, con el tiempo, iría adquiriendo una voz más definida dentro del concierto europeo. El objetivo declaraba estabilidad; el método, equilibrio entre intereses contradictorios. Y, sin embargo, detrás de las formalidades, subyacían tensiones que no podían ser borradas con la firma de un tratado: la memoria de las guerras, la sed de influencia, la necesidad de contar con aliados fiables.

Hoy, cuando observamos la parodia dialéctica que menciones del encuentro contemporáneo, podemos extraer varios paralelismos y también una advertencia. Primero, que la retórica grandilocuente, cuando se deja sin contrapesos institucionales o sin una base de respeto mutuo entre actores, tiende a degenerar en exhibicionismo. Segundo, que los formatos de cooperación regional—como alianzas, pactos y organismos multilaterales—siguen siendo esenciales para contener impulsos hegemónicos y para distribuir costos y beneficios de manera más escalonada. Y tercero, que la historia no es una línea recta: cada periodo elige instrumentos distintos para lograr fines compatibles con su propia realidad. Porque hasta en la teatralidad, hay niveles.


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