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Cuando Grok aprendió a desvestir

Cuando Grok aprendió a desvestir

Columnas viernes 09 de enero de 2026 -

Inicio deseándole a los lectores de ContraRéplica un gran año 2026. Muchas vueltas di a cuál tendría que ser mi primera colaboración del año y, dado que en este Diario ya se han dicho muchas cosas y todas muy sensatas sobre el caso venezolano, decidí escribir sobre una situación que parece nos va a acompañar varias décadas después de que la crisis venezolana esté resuelta: la frontera entre la ética y lo legal frente al uso cotidiano de la inteligencia artificial.

Hacia finales del año comenzó a circular una tendencia que consiste en pedirle a Grok, la herramienta de inteligencia artificial integrada a la plataforma X (antes Twitter), que quite la ropa o coloque vestimenta sugerente a una persona en un fotografía real. En un inicio se trataba de imágenes propias y, casi de inmediato, de imágenes ajenas. Subyacen aquí todo tipo de dudas éticas y legales sobre el uso de una imagen lo suficientemente parecida a una persona, generada artificialmente, a la que se le desnuda o se le coloca en situaciones denigrantes, humillantes o francamente calumniosas.

El primer problema es conceptual. ¿Estamos frente a una imagen real o frente a una ficción? Para quien observa, la diferencia suele ser irrelevante. El daño reputacional, emocional y social se produce de la misma manera. La tecnología permite generar representaciones hiperrealistas que, sin ser una fotografía auténtica, resultan indistinguibles para la mayoría. La defensa clásica de “eso no ocurrió” pierde eficacia cuando la percepción pública se forma a partir de imágenes y no de verificaciones.

El segundo problema es jurídico. Nuestros marcos normativos fueron diseñados para un mundo analógico o, en el mejor de los casos, para uno digital incipiente. El consentimiento, el derecho a la propia imagen, el honor y la vida privada chocan con una tecnología que difumina las fronteras entre autor, herramienta y resultado. ¿Es responsable quien genera la imagen, quien la solicita, quien la difunde o la plataforma que lo permite? Hoy la respuesta es fragmentaria, reactiva y claramente insuficiente.

El tercer problema es cultural. La banalización del daño ajeno, amplificada por la lógica de la viralidad, normaliza prácticas que hace pocos años habrían sido socialmente inaceptables. El argumento de la “broma”, del “experimento” o de la supuesta “libertad creativa” sirve para encubrir conductas que, en el fondo, reproducen viejas formas de violencia con herramientas nuevas y más potentes.

La inteligencia artificial no es, por sí misma, buena o mala. Es una herramienta poderosa que exige reglas claras, responsabilidad y, sobre todo, un debate público serio. Si no somos capaces de trazar límites éticos y legales ahora —no porque la tecnología nos rebase, sino porque decidimos no hacerlo— estaremos aceptando que la dignidad humana sea una variable más dentro del algoritmo. Ese sí sería un costo demasiado alto


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/CR

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