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Cuando el tiempo también es un tratamiento

Cuando el tiempo también es un tratamiento

Columnas martes 07 de julio de 2026 -





Hay enfermedades que permiten esperar unos días para acudir al médico. Hay otras que no.

En neurocirugía aprendemos muy pronto que el tiempo puede convertirse en el mejor aliado… o en el peor enemigo.

Cuando una persona sufre un traumatismo craneoencefálico grave, un accidente de tránsito, una caída importante o una lesión cerebral por una agresión, cada minuto comienza a tener un valor diferente. El cerebro no tiene la misma capacidad de tolerar la falta de oxígeno, el sangrado o el aumento de la presión dentro del cráneo que otros órganos del cuerpo.

Por eso, muchas de las decisiones que se toman durante una urgencia neurológica ocurren contra el reloj.

Quienes trabajamos en neurocirugía lo vemos con frecuencia. Detrás de cada tomografía existe una historia. Jóvenes que salieron de casa para ir al trabajo. Motociclistas. Adultos mayores que sufrieron una caída. Personas que fueron víctimas de un hecho de violencia. Cada paciente llega con una historia distinta, pero con un elemento en común: el tiempo empezó a correr desde el momento de la lesión.

En México, los accidentes de tránsito continúan representando una de las principales causas de lesiones graves y muerte, particularmente entre población joven. A ello se suman las caídas y otros mecanismos de trauma que siguen ocupando un lugar importante en los servicios de urgencias. Muchas de estas lesiones comprometen directamente al sistema nervioso y requieren atención especializada en cuestión de minutos u horas.

La neurocirugía tiene la capacidad de cambiar el curso de muchas de estas historias. Evacuar un hematoma, controlar una hemorragia o realizar una craniectomía descompresiva puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, o entre conservar y perder funciones neurológicas.

Pero sería un error pensar que todo comienza en el quirófano.

La evolución de un paciente depende también de lo que ocurre antes: del uso del casco o del cinturón de seguridad, de la atención prehospitalaria, del reconocimiento temprano de la gravedad, de un traslado oportuno y de que exista un hospital con capacidad para resolver la urgencia.

Ahí es donde la neurocirugía y la salud pública dejan de caminar por separado.

Durante muchos años hemos asociado la salud pública principalmente con campañas de vacunación, control de enfermedades o promoción de estilos de vida saludables. Todo eso sigue siendo indispensable. Pero fortalecer la atención del trauma también es hacer salud pública.

Reducir los tiempos de respuesta, mejorar la atención prehospitalaria, fortalecer los servicios de urgencias y promover una cultura de prevención salva vidas antes de que un paciente llegue a una sala de operaciones.

Y todavía hay algo más importante.

Detrás de cada lesión cerebral grave hay una familia que cambia por completo. Muchas veces el paciente logra sobrevivir gracias al trabajo coordinado de paramédicos, médicos de urgencias, intensivistas, anestesiólogos, enfermeras y neurocirujanos. Sin embargo, el verdadero proceso apenas comienza. Vienen la rehabilitación, la recuperación funcional y el enorme esfuerzo que realizan las familias para acompañar a quien enfrenta una discapacidad temporal o permanente.

Por eso, cuando hablamos de trauma no hablamos solamente de una cirugía de urgencia.

Hablamos de prevención.

Hablamos de coordinación entre instituciones.

Hablamos de educación.

Hablamos de construir sistemas de salud capaces de responder con oportunidad.

Quienes ejercemos la neurocirugía sentimos un enorme compromiso cuando un paciente entra al quirófano. Sabemos que haremos todo lo que esté a nuestro alcance.

Pero también sabemos algo que pocas veces se dice.

La mejor cirugía de urgencia sigue siendo aquella que nunca tuvo que realizarse.

Porque cuando logramos prevenir una lesión cerebral, el mayor beneficiado no es el neurocirujano.

Es el paciente, su familia y toda la sociedad.

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/CR

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