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Cuando escribir es la forma más pura de resistir (Columna especial desde el encierro)

Cuando escribir es la forma más pura de resistir (Columna especial desde el encierro)

Columnas viernes 21 de noviembre de 2025 -

Hay momentos en la vida en que el mundo se reduce a cuatro paredes blancas. Un tiempo suspendido donde todo contacto humano atraviesa filtros, guantes, mascarillas, protocolos; donde el cuerpo se vuelve territorio delicado y el alma, un animal que busca dónde recostarse para no fracturarse. Este es mi presente: días de aislamiento, días donde mi familia solo existe detrás de una pantalla, días en los que la única piel posible es la de los libros que traje conmigo.

En este encierro, escribir es mi manera de respirar. Y leer —como siempre— en mi forma de volar.

La literatura ha sido mi puente con lo vivo: con lo que duele, con lo que vuelve a nacer, con lo que sigue latiendo incluso cuando todo se detiene. Me salva porque me recuerda que incluso en la quietud absoluta, la imaginación camina, corre, abraza, toca.

Desde que inició la búsqueda de mi donador de médula ósea, algo dentro de mí se activó: una necesidad visceral de dejar registro, de escribir lo que soy mientras atravieso este pasaje. Y mientras escribía, entendí que las palabras no solo son un acompañamiento… también son un refugio, un abrazo, una manera de mantenerme de pie.

En esa espera surgió este poema. Lo escribí como un acto de gratitud hacia la persona que, sin conocerme, ha decidido salvarme la vida. Lo comparto porque es parte de mi historia, de mi tránsito, de mi lucha y de mi renacimiento.

A ti, que no conozco
A ti,
que aún no habitas en mi sangre
pero estarás en ella muy pronto,
te escribo.
Tu nombre permanece oculto,
pero tu gesto es infinito.
Desde un país lejano,
desde una lengua que no hablo,
desde una vida que jamás se cruzará con la mía,
decidiste extenderme la mano
sin verme la cara.
Tu médula viaja hacia mí
como un río que se acerca,
como una luz que todavía no entra
pero ya toca la puerta de mi cuerpo.
El 27 de noviembre,
nuestros destinos se encontrarán.
Ese día tu generosidad
se volverá vida en mí,
y lo que hoy es espera,
será renacimiento.
Tú,
que naciste bajo otras constelaciones,
que caminas por calles que nunca pisaré,
te has convertido en mi puente.
En la posibilidad de un mañana
que pensé perdido.
Pronto,
tu sangre y la mía
aprenderán a convivir,
a reconocerse,
a encontrar un ritmo común.
Será un diálogo silencioso
entre dos existencias
que no se mirarán a los ojos,
pero que se sostendrán mutuamente.
Gracias por dejarme vivir.
Gracias por tu gesto anónimo,
por tu valentía,
por tu generosidad sin testigos.
Hoy, mientras espero,
sé que en algún punto del mundo
hay una luz que también me pertenece.
Un latido tuyo
prepara el camino
para sostener un latido mío.
No sé tu rostro,
pero conozco tu bondad.
Y desde aquí,
desde este cuerpo que se alista para renacer,
te honro,
te abrazo con mi gratitud,
y te deseo una vida larga,
buena,
y llena de la misma compasión
que estás compartiendo conmigo.
Porque aunque aún no estés en mí,
estaremos unidos muy pronto
por el milagro más humano de todos:
la esperanza.


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/CR

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