Uno de los principales fines del orden jurídico es alcanzar la paz, entendida no como la ausencia de la guerra, sino como el conjunto de condiciones de equilibrio para el bienestar y desarrollo personal y colectivo.
Por esa razón, la eficacia del derecho, es decir, la aplicación de las normas jurídicas a la realidad, debe considerarse un tema de vital importancia.
"No hay paz sin orden," "no hay paz sin justicia."
Estas afirmaciones nos permiten relacionar la paz, con otros de los fines que justifican la existencia del estado y los sistemas normativos.
Es cierto que para alcanzar la paz, los estados deben organizarse, dotarse a sí mismos de un orden normativo, y respetarlo.
La cultura de la legalidad se vuelve en ese contexto, no solo garante del estado de derecho, sino también de los fines del estado.
Cuando una nación, o cualquier otra forma de organización de personas, se dota a sí misma de un orden y lo convierte en normas para regular su conducta; el derecho se vuelve una herramienta para mantener ese orden; para buscar la mejor forma de convivencia.
Esto no significa que el derecho, una vez creado, deba pemanecer estático. El contenido normativo debe variar y ajustarse a las necesidades de la sociedad.
El sistema de normas de un estado, nos garantiza el ejercicio de los valores que nos permiten alcanzar la paz. Por ejemplo: no hay libertad sin un orden jurídico que la proteja.
Pero la simple existencia de un orden normativo, resulta insuficiente. Su observancia, su eficacia, son indispensables.
La eficacia normativa implica lograr que el derecho no sea simplemente "letra muerta".
Una norma es un imperativo categórico de conducta. Una orden o mandato que dicta el estado, a través de sus instituciones. Y no sería razonable emitir ese tipo de órdenes, a sabiendas de que no van a cumplirse.
En estos días que la paz parece un bien muy escaso, podemos aprender algo sobre cómo trabajar la cultura de paz. Se trata de convertirnos en "pacificadores" de nuestro entorno y nuestras relaciones, tanto en la familia como en el trabajo, al menos.
Ser un pacificador implica defender los derechos de todos, no solo los propios. No "aplastar" a los demás nunca; pero sobre todo, cumplir y hacer cumplir la ley: actuar pues, con legalidad, ética y justicia.
La cultura de paz, la de legalidad y el estado de derecho, deben comenzar a tener vida más allá del discurso. Convertir con nuestras acciones al mundo en un lugar de paz. La cultura de la legalidad es cultura de paz.
Flor de Loto: No pueden pasar por encima de mí, sin pasar antes por encima de la ley. Pero entonces, podrán pasar por encima de cualquiera.