Telegrama político antes de comenzar: quienes apoyan o justifican una intervención gringa en México son colaboracionistas y apátridas. Punto.
Hacia mediados del siglo diecinueve, en la Inglaterra victoriana había un deporte practicado desde la edad media por los jóvenes hijos de la elite, futuros gobernantes, conocido como “foot-ball”, en el cual se enfrentaban dos equipos y casi todo estaba permitido, por ejemplo, derribar al rival que conducía el balón (que tenía una forma irregular), también se podía tomar el balón con las manos para lanzarlo. El objetivo era llevarlo hasta la casilla contraria. Los partidos solían ser tan violentos y caóticos, que terminaban en broncas fenomenales sin que hubiera un claro ganador. En vista de ello, en 1863, con la idea de “civilizar” este juego, que consideraban propio de “salvajes”, las asociaciones de alumnos de las mejores universidades británicas como Oxford, Eton, Winchester, Cambridge y Harrow, entre otras, se reunieron para darle coherencia y orden. Tras una serie de arduas y complicadas sesiones el resultado fue un reglamento de catorce puntos, mismo que con unos pocos cambios se mantiene casi igual desde entonces. Nació el moderno futbol que en sus orígenes fue un deporte hecho por y para ricos.
Sin embargo, en muy poco tiempo, dadas sus características y sencillez, que lo hacen accesible para casi todo aquel que se anime a practicarlo, el futbol dejó de ser propiedad de los clubes más exclusivos y pasó al dominio de los pueblos del mundo que lo jugaron con alegría y pasión. No hay ningún deporte tan extendido y los campeonatos mundiales de futbol son el mayor acontecimiento deportivo, por encima de cualquier otro.
La FIFA, máximo organismo del balompié internacional, comenzó como una modesta entidad amateur, en cuyas oficinas, en Zurich, Suiza, había un perro a la entrada, contaba con unos cuantos trabajadores administrativos y una secretaria auxiliar del presidente, quien ostentaba el cargo de manera honorífica sin sueldo alguno. Los mundiales eran para el pueblo; con un poco de esfuerzo, un obrero, taxista, profesor, o médico, podía comprar sus boletos.
Pero hete aquí que en la actualidad el mundial es víctima del gigantismo del deporte espectáculo de masas. La FIFA es un emporio mercantil que maneja más recursos que muchos países y en sus afanes de lucro desmedido se ha vuelto avariciosa; la codicia es su sello distintivo y acaso aquí se encuentre la causa de su caída final, la cual llegará, no cabe la menor duda.
El mundial que comenzará en pocos días está fuera del alcance de la inmensa mayoría de aficionados, porque los precios del boletaje son altísimos, astronómicos, lo que resulta un verdadero insulto para quienes aman el deporte; es excluyente, pese a la baja calidad que sin duda habrá en las primeras fases del torneo. A los estadios mundialistas acudirán muchas personas que ni siquiera gustan del futbol, pero que lo hacen sólo para demostrar su estatus social: “miren, yo sí soy de la clase alta y ustedes no”. Incluso, para ver los partidos por televisión hay que pagarle a una plataforma de “streaming” y sólo unos cuantos serán transmitidos a través de señal abierta. Tal parece que el futbol regresa a sus orígenes elitistas.
Si la actual tendencia hipermercantilista-avarienta continúa, la FIFA terminará por matar el mundial, tal como en su momento sucedió con el box, debido al malhadado pago por evento que separó a los ídolos de su público. Cuando faltan pocos días para que comience a rodar la pelota, las ventas de boletos son pobres y la FIFA ha tenido que rebajar sensiblemente los precios, pero ni aun así prende la emoción. Hasta el jueves…