Corría el mes de abril de 2014. En medio de una crisis de dolor agudo, intenso e inexplicable, llegamos una noche calurosa, yo casi sin poder caminar, al Consultorio de César, allá por Observatorio.
Con buen ojo, con buen tino, buenos reflejos, con paciencia, con conocimiento, Decanini nos convenció de que era impostergable una intervención. Aceptamos. Luego del susto, nos enteramos de que mi vida había corrido peligro. Que, si no me operaba aquella noche, quizá no hubiera llegado al siguiente día. En español: me salvó la vida hace 12 años, sin duda. En castellano: se la debo.
A partir de ahí, este norteño único de buen humor me distinguió siempre con su amistad y su buen consejo. Cultísimo, agudo e informado observador y analista de la política en general y de la política de las fuerzas armadas en particular, antes de consulta podíamos platicar por largo rato de la coyuntura y de prospectiva. En medio de una de esas tertulias, me llamó hermano. Congruente y cumplido como es, a mis hijos les dio siempre trato de sobrinos y a mi esposa, de cuñada.
La historia viene a cuento porque apesadumbrado recibí una carta en la que nos anunció a pacientes y amigos -lo primero siempre llevaba a lo segundo- que ingresa ya a una nueva etapa profesional y que después de muchos años de ejercicio clínico–quirúrgico activo, ha decidido transitar hacia una práctica enfocada en consultoría médica interdisciplinaria y actividades académicas.
Yo no entiendo mucho de la trayectoria profesional de los grandes médicos que como César son reconocidos además en todo el mundo por su pericia comprobada, su capacidad de innovación y su aportación constante a la disciplina a la que sirven.
Lo que sí entiendo es que las especialidades en las que es leyenda seguramente resentirán su alejamiento de la praxis, y que la enseñanza y la “orientación estratégica de casos” habrán ganado un experto consumado, al mismo tiempo apóstol y militar, científico y capellán, con el pecho cuajado de insignias y condecoraciones completamente merecidas; un veterano victorioso de múltiples y áridas batallas y misiones en defensa de la salud y de la vida.
Al recibir la carta, le escribí a este galeno extraordinario, y amigo cercano de los últimos 6 o 7 Generales Secretarios y médico personal de algún Presidente de la República. Le pregunté que si todo estaba bien. Fiel a su estilo y a su decencia y calidez naturales, el incansable, imbatible, indispensable Cesar Decanini Terán me respondió que sí y, además, que nos quería mucho. Touché, Monsieur.
Que todo marche bien y mejor, querido hermano. Tu cuñada, tus sobrinos y este humilde escribidor, amigo y paciente, honrados de conocerte, te abrazamos largo y fuerte con la gratitud, el cariño y el reconocimiento de siempre. Larga vida, Doctor. Larga vida.
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