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Defensa ante tiranos

Defensa ante tiranos

Columnas viernes 24 de octubre de 2025 -

Según la teoría contractualista de Thomas Hobbes, en su famoso Leviatán, el principal motivo por el que la gente decide pactar la edificación del gobierno civil, es la seguridad que, al concentrar su fuerza en una estructura dotada de recursos para aplacar cualquier trasgresión a la legalidad vigente.

El gobierno tiene la obligación de garantizar la razón primigenia de su ser: seguridad, de no hacerlo, su legitimidad es mermada, porque su sentido decae. Claro es que Hobbes no admite la confrontación con el ente estatal fracasado –“es mejor eso, a no tener nada”-, y los habitantes no pueden reclamar la libertad alienada por el pacto una vez constituido, sin embargo, eso no quiere decir que, en el amplio margen de la teoría política, no hayan surgido otras propuestas.

Cuando Francisco Suárez, este eminente pensador hispano en las aulas de Oxford, compartiendo tiempo y espacio con el gran ministro Sir Thomas More, es testigo de primera mano de la implantación de un agresivo despotismo; de un sistema carismático basado en el capricho de un tiránico entronizado, varios años antes de Hobbes y bajo los principios de la denominada Segunda Escolástica Española, la noción de “resistencia civil” aparece en el panorama del pensamiento universal.

Por “resistencia” no se entiende “desacato” -o trasgresión de la ley vigente-, sino la confrontación pasiva a un gobierno que flagrantemente es el destructor de la institucionalidad, no haciendo caso a sus mandatos.

La resistencia confronta al despotismo no con sus armas, sino con la inmovilidad, con el antídoto a la necedad demagógica que implica neutralizar las palabras hirientes; alejar la palabrería y los atentados a los propios ciudadanos como Enrique VIII perpetraría, siendo el propio More víctima del César al no abjurar su fe como el gobierno civil obligaba.

Si los gobiernos no tienen oposición, y los propios conciudadanos, enajenados, participan con su indiferencia o su terror a la reacción gubernamental, es la justicia en su amplia dimensión la más lacerada ¿pero, es digno de un ser racional inmovilizarse frente al arbitrario y consumirse de terror ante las posibilidades de venganza? ¿Tenemos que acatar, cual esclavos, las peores humillaciones a nuestra legalidad y dignidad civi? Hobbes lo preferiría al peligro de la anarquía, pero antes, Suárez contestaría que no, pues finalmente los gobiernos nacieron para servir a su sociedad, siguiendo los principios del tradicional pactismo español, que en el siglo XVI entiende muy bien el poder de la sociedad como fundamento de un gobierno que, al nacer los ciudadanos libres, hijos del mismo creador, portadores de una dignidad irrenunciable y, ante todo, defendible, su más precioso bien no se sacrifica ante las ansias del desgraciado

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