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Columnas
Las elecciones al Parlamento Europeo confirmaron el auge de la extrema derecha, en una tormenta política que motivó la convocatoria de legislativas anticipadas en Francia, la dimisión del primer ministro belga, Alexander de Croo, y la preocupación latente ante el futuro del proyecto comunitario. Del total de 720 escaños que integran el Parlamento de la Unión, alrededor de 497 pertenecerán a las fuerzas de corte conservador o ultra, mientras las formaciones socialdemócratas, las “verdes” y anticapitalistas registraron retrocesos generalizados. Sin embargo, más allá del color político, las formaciones claramente pro europeas siguen teniendo amplia mayoría: los 191 del PPE; los 135 de los socialdemócratas y 83 de RE, suman 409 escaños.
Los resultados del pasado domingo ya tuvieron importantes repercusiones en el terreno político: el presidente de Francia, Emmanuel Macron, convocó elecciones parlamentarias anticipadas para finales de este mes tras la contundente victoria del partido ultraderechista de su rival Marine Le Pen. En Alemania, el partido de extrema derecha AfD superó en número de votos a la coalición del canciller Olaf Scholz, pidiéndole a este que adelante las elecciones, algo que no parece que vaya a suceder.
El euro, moneda oficial de los 20 miembros de la Unión Europea, ha sufrido una fuerte caída desde el pasado viernes ante la incertidumbre que genera el auge de la extrema derecha en las elecciones al Parlamento Europeo. Los partidos de extrema derecha obtuvieron un notable apoyo, a pesar de que la líder en funciones, Ursula von der Leyen, se alzó con la victoria. A las 12:48 (hora centroeuropea), el euro caía un 1% frente al dólar desde la apertura del mercado el viernes, hasta 1,0774, su mínimo en casi un mes. Mientras tanto, la moneda única se debilitaba frente a la libra esterlina hasta 0,8469, el nivel más bajo desde agosto de 2022. El euro también cayó frente al franco suizo hasta 0,9660, su nivel más bajo en más de dos meses.
Los resultados macro de los escaños en el parlamento son engañosos, porque sigue siendo mayoría la coalición “pro europea”, es decir, la que considera la Unión Europea como una bondad, o al menos como la mejor vía para el desarrollo de sus respectivos países.
Empero, en el resto de los temas importantes, el parlamento se ha movido hacia la derecha. No ayuda que sean Alemania y Francia, países que cuentan con la mayor cantidad de diputados en el parlamento comunitario (la representación de cada país es asimétrica), los que hacia adentro cuenten cada vez más con diputados, no de centro derecha, sino de ultra derecha abierta, de nacionalismos primitivos que ostentan con orgullo, y que no tienen miedo en hacer declaraciones xenófobas o coquetear simbólicamente con movimientos fascistas.
Ahí yace el peligro a mediano plazo para la UE, pienso. Por eso las declaraciones optimistas de su presidenta sobre que “el centro se mantiene”, no las cree ni ella. Es verdad que los mayores consensos en la mayoría parlamentaria hoy, de centro derecha y derecha, consisten en la menor intervención del Estado en la economía, y en general un regreso a los principios libertarios de canonización de lo privado y desregulación, lo que lleva a la prevalencia de la ley del más fuerte, a nivel micro y macro. Pero eso no es raro, porque las personas comunes y corrientes (las que no se dedican a la política o a la economía, en este contexto) lo que observan luego de años de dinámica parlamentaria, es una parálisis aparente en decisiones importantes, y la aprobación de legislaciones y decisiones que no han redundado - bajo su óptica - en beneficios concretos para su vida individual.
Este desgaste es natural en todos los gobiernos parlamentarios, por cierto, porque a mayor deliberación y aceptación de voces disonantes y minorías, mayor dificultad para aprobar cualquier cosa, a diferencia de los regímenes autoritarios, donde todo se aprueba rápido porque el mandamás no le pregunta a nadie, ni tiene que preocuparse por las consecuencias de sus actos al no rendirle cuentas a nadie. La democracia no es tan ágil como la autocracia, pero es por diseño.
Sin embargo, la agenda de la derecha no puede mantenerse mucho tiempo con estos consensos económicos. Hacia dentro, los partidos que han ganado votos en sus países son, como dijimos, nacionalistas, no cosmopolitas. Privilegian los intereses de sus nacionales sobre los europeos, y es en esa retórica agresiva donde radica parte de su legitimidad, porque - de nuevo - a un alemán, a un español o a un francés, no le gusta que las decisiones más importantes sobre su futuro se tomen desde Bruselas, por una mayoría de diputados que ni siquiera son sus connacionales. Por esta razón se hizo tan popular la idea del Brexit inglés, y como este, es previsible que haya otros.
Por último, no perdamos la idea básica de las geometrías políticas. La izquierda y la derecha no son absolutas. Es falso que “la derecha” privilegie a las élites y la izquierda “al pueblo”. Esta idea es una franca estupidez, pues todos los movimientos radicales que han tenido éxito a lo largo de la historia convencen a mayorías enardecidas y resentidas, es decir, reivindican la supuesta legitimidad popular mayoritaria. Así fue el movimiento jacobino (la izquierda original, la de la revolución francesa, que se llamó así porque estaba en las sillas del lado izquierdo), el bolchevique (izquierda ideológicamente pura, si ha habido alguna), el fascista y el nacionalsocialista (lo mismo, pero a la derecha).
Es cierto que ideológicamente, como ha dicho Ramos Villegas, “los extremos se tocan”. Pero lo más importante es que la derecha y la izquierda, para que tengan sentido, son coordenadas relativas en relación con un centro, y el centro no es igual en la Rusia de 1989 que en California en 1989, o que en el México de 2024. Y en esos países europeos que hoy se están moviendo hacia la derecha, el centro ya está muy a la derecha en primer lugar. Por eso es peligroso.