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Desdén por la seguridad ciudadana

Desdén por la seguridad ciudadana

Columnas lunes 16 de noviembre de 2020 - 00:50

El discurso político promete “pacificar el país”. Entendamos por “pacificación” la disminución de manifestaciones criminales como el homicidio doloso, el secuestro o la extorsión. Para transformar en hechos lo dicho se deben destinar muchos recursos humanos y materiales, en lo federal y local.

Pienso que no riñen la estrategia de contar con un amplio despliegue de elementos con formación castrense, como la Guardia Nacional, y la de tener una policía civil, especializada en inteligencia social, mediación, investigación y prevención de delitos, además de fortalecer la justicia cívica. Pudieran convivir ambos modelos; empero, la función de proveer seguridad bajo un esquema civil está hoy seriamente amenazada.

Estigmatizar lo que no se conoce es, por decir lo menos, irresponsable. El etiquetamiento es una sentencia para el etiquetado; es la letra escarlata con la que ha de andar por la vida para regocijo de los autores del estigma y morbo de los demás, igual con las personas que con las instituciones y sus funciones.
Las policías son un reflejo —en versión poderosa— de la sociedad a la que sirven. Donde prevalecen prácticas alejadas de la civilidad, el policía adopta una versión contraria a la esperada. Donde se promueve el respeto mutuo y por las instituciones, el policía potencializa sus capacidades de procurar el bien.

En la literatura, Scotland Yard era exhibida por Sherlock Holmes al resolver casos que la policía era incapaz. En la vida real, lejos de la visión romántica literaria del quehacer policial, miles de hombres y mujeres enfrentan y resuelven, a costa de sacrificar salud, vida familiar y social, los múltiples desafíos cotidianos propios de las corporaciones de seguridad.
Los logros de las instituciones son las batallas ganadas de sus integrantes. En un país como el nuestro, las instituciones de seguridad ciudadana son asimétricas con relación a sus metas y objetivos. Especialmente en lo local, donde se concentran los desafíos mayúsculos.

Quienes hemos pertenecido al ámbito federal de la seguridad, sabemos que una fortaleza en las investigaciones y operativos es que, concluida la misión, los intervinientes vuelven a su lugar de origen. Viven los riesgos inherentes a la operación, pero no los que implica la permanencia en el lugar en que se trabajó.

Los policías locales, en cambio, comparten irremediablemente el mismo espacio de aquellos a quienes persiguen. Pueden encontrarse lo mismo en una diligencia legal que en el restaurante al que, en un día de descanso, acudieron con su familia. Vulnerabilidad extrema.

El policía local encabeza el número de muertes en servicio. Es el peor remunerado económicamente y, eso sí, el más criminalizado y estigmatizado. A esos miles de hombres y mujeres que procuran seguridad en el mismo entorno en que desarrollan su vida familiar, es a quienes más afecta la reciente eliminación del Fondo de Fortalecimiento para la Seguridad, FORTASEG, en tiempos en que, paradójicamente, se promueve el “Modelo Nacional de Policía y Justicia Cívica”.

Los malos manejos del FORTASEG debieran ser motivo de sanciones en aquellos casos que se acrediten. Suponer que su mal uso es generalizado, es muestra del desdén de un sector de la clase política por la función policial más pura con la que cuenta el país.

Es momento de sumar en torno a la causa de la seguridad en México. Ello implica levantar la voz para no seguir minando sus cimientos. El resultado puede ser catastrófico.

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/CR

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