Durante los primeros tiempos, conducir por las grandes ciudades del mundo era algo que los pilotos aprendían sobre la marcha, pues no había escuelas o academias de manejo. Los automovilistas se reunían para intercambiar ideas y consejos acerca de cuestiones mecánicas, mantenimiento y en general ayudarse mutuamente. Poco a poco estos grupos se consolidaron hasta convertirse en los primeros clubes o asociaciones estables de donde surgirían verdaderos expertos y ases del volante. Los ricos y cosmopolitas mexicanos no podían quedarse atrás que sus contrapartes europeos y norteamericanos.
En diciembre de 1902 comenzaron los trabajos para fundar un club; los dueños de automóviles se reunieron con el objetivo de “alentar en lo posible el ‘sport’ del automovilismo y desarrollar el interés para que se mejoren los caminos en la ciudad y sus alrededores, siguiendo el ejemplo del Automobile Club de France en París, el Automobile Club of America en Nueva York y otros que existen en Europa y Estados Unidos”. El objetivo principal del club sería “organizar a los automovilistas, tratar todo lo relativo con el automóvil y su uso y crecimiento y no contentarse con la celebración de fiestas y bailes”.
La planificación continuó a lo largo de varios años, mientras se buscaba la manera de financiar el proyecto. En 1906 fue constituida una sociedad con ochenta acciones de seiscientos pesos cada una, adquiridas por los más notables “sportmen” de la elite porfiriana. El ministro de Hacienda José Y. Limantour los apoyó y gracias a él pudieron adquirir un hermoso solar ubicado justo en medio del bosque de Chapultepec, que por entonces estaba siendo sometido a un proceso de rescate y renovación total tras décadas de abandono. El antiguo lugar de recreo de los tlatoanis mexicas fue transformado gracias a la siembra de miles de ahuehuetes y otras especies, que harían compañía a los majestuosos árboles centenarios que aún existían. La superficie del bosque se incrementó cuando, a mediados de dicho año, el gobierno de la ciudad obtuvo, en calidad de pago por adeudos al erario, parte del rancho de Anzures. Estos terrenos, de más de un millón de metros cuadrados, fueron arreglados con jardines, senderos y bancas. La capital contó así con un sitio de recreo a la altura de los mejores del mundo.
La sede del Automóvil Club de México, un bello chalet de estilo francés, construido en sólida mampostería, estaba rodeada de jardines, arboledas y tenía una vista insuperable del lago. Contaba con salones, biblioteca, comedor, habitaciones para damas, salón fumador y lo más importante de todo: un garaje completo equipado con depósitos de gasolina y herramientas para llevar a cabo las reparaciones de rigor. El mobiliario, “muy elegante”, fue traído desde Estados Unidos. El club fue inaugurado oficialmente a principios de 1908.
Como un reconocimiento por su apoyo, José Y. Limantour fue nombrado Presidente Honorario. El cargo efectivo lo ejerció Fernando Pimentel y Fagoaga; Secretario, José Hilario Elguero; Tesorero, Javier Elguero; Mesa Directiva, Rafael Bernal, C. Gordon Patterson, José Pliego, José W. Landa y Escandón, Oscar J. Braniff y Gabriel Fernández Somellera. Como primera actividad organizaron varias excursiones a Xochimilco, las canteras de Echegaray y Río Hondo en Naucalpan. En los años postreros del régimen de Porfirio Díaz el Automóvil Club fue un gran impulsor de competencias, “raids” y todo tipo de actividades relacionadas con el automovilismo. Las mejores exposiciones de la época y los mayores premios otorgados a los triunfadores de las competencias se debieron al Club. Algunos de sus socios fueron los primeros ases del volante en México, como el mencionado Gabriel Fernández Somellera y Ubaldo Bassini, entre otros. Continuará…