Cada vez es más notorio el poder que han alcanzado las audiencias y los consumidores, en todos los sentidos y ámbitos.
Disponen de mayores elementos para decidir si compran determinado producto; artículos del súper o del mercado tienen a la vista etiquetas que advierten si el contenido trae exceso de sal, azúcar, calorías o grasas.
Hace 30 años, no se diga más atrás, las advertencias venían en letras muy pequeñas o no se mencionaban.
En estos tiempos, productores alimenticios, tiendas departamentales, prestadores de servicios, sin faltar los transmisores de noticias, por ley tienen deberes de calidad y verdad.
Nadie puede ni debe estar al margen de la norma. Acabo de ver que farmacias Guadalajara que opera en la Ciudad de México, empresa de las más importantes de la industria farmacéutica en el país, tienen en aparadores sello de “suspensión de actividades” por diversas irregularidades. Seguro que pronto se van a poner al corriente, arreglarán lo que haya que arreglar y pagarán la infracción.
En materia de medios, hay quienes se han espantado con la propuesta de lineamientos que buscan proteger derechos de las audiencias. Ven venir la censura y acciones contra la libertad de expresión cuando de lo único que se trata es de que le den vida a la figura del defensor de audiencias en sus empresas y cumplan su propio código de ética.
Audiencias que no se dejan y se defienden con lo que tienen a la mano.
Han aprendido a sopesar lo que se divulga en medios.
La historia registra ejemplos de hartazgo de la sociedad, de rechazo a quienes solo se han esmerado en cuidar intereses particulares, económicos.
Antes el radioescucha, el televidente o el lector de periódicos, daba por válida la información simplemente porque aparecía en los medios: “Lo leí en el periódico”, “lo vi en la televisión” o “lo escuché en la radio”. Hoy es diferente. Las fuentes de información se han diversificado. Hay redes sociales, que también pueden tener un buen uso o un mal uso.
Cada vez es más difícil engañar a la sociedad. Por eso los partidos políticos sufren para conquistar los votos de ciudadanos y ciudadanas.
La sociedad tiene memoria, no olvida lo que le han hecho. Engaños que ya no se pueden esconder. Actitudes y connivencias entre personajes de la política, autoridades y medios, que en la actualidad no podrían pasar desapercibidas o ignoradas.
¿Se acuerdan de las elecciones de 1988? La noche de los resultados no hubo resultados oficiales y así lo dijo la entonces Comisión Federal Electoral que organizaba los comicios. Su comunicado prácticamente nadie lo peló. Al día siguiente, a excepción de El Financiero, medios electrónicos e impresos difundieron las cifras del partido que estaba en el poder. Memorable proceso porque se cayó o calló el sistema de dicha comisión cuando registró que la oposición llevaba ventaja en algunos estados.
Al final lo que prevaleció fue que “ganó” el partido oficial.
Hoy es distinto, por eso la alternancia y la sabiduría de un pueblo que sabe que con su voto puede castigar o premiar.
Los mismos medios han constatado que no basta una campaña mediática para imponer una propuesta o candidato si carece de congruencia o tiene antecedentes que le restan credibilidad. Peor si tiene manchas de inmoralidad, no por dichos, sino por hechos.
Cierto que la gente, si algo no le gusta en determinado medio de comunicación, puede cambiar de estación si es radio o de canal si es televisión. Puede dejar de comprar un periódico o dejarlo de seguir en su página digital. Nada más que no es suficiente, porque la normatividad también debe cumplirse.
Lo entendió perfectamente El Universal, que tiene desde hace varios años su código de ética (le falta nombrar a su defensor de audiencias y estará obligado a hacerlo cuando entren en vigor los nuevos lineamientos en materia de medios), supo
honrar su prestigio al disculparse en primera plana por haberse equivocado. Cedió ante el reclamo de víctimas o afectados. Triunfó el poder de la audiencia.
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