La elección de las candidaturas de Morena para las 17 gubernaturas que estarán en disputa en 2027 se perfila como la primera gran prueba de cohesión interna del partido sin la presencia directa de Andrés Manuel López Obrador. Hasta ahora, el mecanismo de las encuestas había permitido resolver las disputas por las candidaturas sin fracturas mayores. Sin embargo, las condiciones políticas son distintas: existen más aspirantes con estructuras propias, los liderazgos regionales se han fortalecido y los incentivos para permanecer disciplinados parecen cada vez menos efectivos.
La dirigencia nacional de Morena comenzó una serie de reuniones con quienes buscan convertirse en coordinadores estatales de la Defensa de la Transformación, figura que, en los hechos, representa la antesala de las candidaturas a gobernador. Los encuentros, encabezados por la presidenta nacional del partido, Ariadna Montiel, y por la presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones, Citlalli Hernández, tienen como propósito revisar el cumplimiento de las tareas organizativas y territoriales establecidas para el proceso interno.
Sin embargo, detrás de ese procedimiento ya se observan los primeros focos de tensión. El Partido Verde anunció que en San Luis Potosí competirá con una candidatura propia para impulsar a Ruth González Silva, esposa del gobernador Ricardo Gallardo, en una decisión que representa un desafío tanto a Morena como a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha promovido una política de combate al nepotismo.
Aunque la reforma constitucional entrará en vigor hasta 2030, Morena decidió aplicarla desde los comicios de 2027, una determinación que también ha abierto disputas en entidades como Guerrero, donde la influencia de Félix Salgado Macedonio sigue siendo determinante, y en Zacatecas, donde el grupo encabezado por la familia Monreal enfrenta el mismo dilema, el riesgo de ruptura e inestabilidad es evidente en sus territorios al no obtener la candidatura a la gubernatura.
El expresidente López Obrador reinventó las reglas para seleccionar candidatos dentro de su movimiento. Para definir la candidatura presidencial de 2024, López Obrador reunió públicamente a las llamadas corcholatas y estableció las reglas de la competencia: todos debían renunciar a sus cargos, recorrer el país y aceptar el resultado de una encuesta organizada por el propio partido. El proceso se presentó como una alternativa democrática frente al tradicional dedazo, aunque conservó un fuerte control desde la presidencia.
La disciplina fue el principal resultado de ese modelo. Marcelo Ebrard cuestionó la equidad del proceso y Ricardo Monreal reconoció posteriormente las desigualdades existentes. Sin embargo, ninguno provocó una ruptura significativa. López Obrador conservaba la autoridad suficiente para imponer el resultado y, al mismo tiempo, ofrecer espacios políticos a quienes no obtuvieran la candidatura. La combinación de liderazgo personal, control político y expectativas de futuras posiciones permitió mantener unido al movimiento.
Pero al mismo tiempo se dieron importantes cuestionamientos. Nunca quedó del todo claro el origen de los recursos utilizados para promover a los aspirantes, ni hubo una fiscalización efectiva sobre las giras nacionales o la promoción personalizada realizada durante el proceso. A pesar de ello, la legitimidad del liderazgo de López Obrador terminó por imponerse sobre cualquier controversia.
Morena ya no cuenta con un liderazgo capaz de resolver, por sí solo, todas las disputas internas. El partido gobierna la mayor parte del país, los gobernadores tienen mayor peso político y los grupos regionales cuentan con capacidad suficiente para negociar, presionar o incluso desafiar las decisiones de la dirigencia nacional.
En estas circunstancias, la encuesta deja de ser un mecanismo indiscutible. Si los aspirantes consideran que el proceso carece de objetividad o que las reglas pueden modificarse discrecionalmente, aumentarán las posibilidades de inconformidad y de rupturas. Además, los llamados "premios de consolación" podrían dejar de ser suficientes para contener a quienes consideran que tienen posibilidades reales de competir.
La gran incógnita es si Morena podrá conservar la unidad sin el liderazgo personal que durante años garantizó la disciplina interna. El modelo diseñado por López Obrador fue eficaz porque descansaba en una autoridad política difícilmente cuestionable. Hoy, con un partido mucho más grande, con liderazgos estatales fortalecidos y con intereses locales cada vez más complejos, ese mismo modelo enfrenta su prueba más difícil.
Las elecciones de 2027 no solo definirán quién gobernará 17 estados; también permitirán saber si Morena logró construir instituciones capaces de procesar democráticamente sus diferencias o si, por el contrario, dependía más del liderazgo de su fundador que de reglas internas verdaderamente sólidas.
Iván Arrazola es analista político e integrante de Integridad Ciudadana A.C. @ivarrcor @integridad_AC