Dicen que lo único constante es el cambio. Sin embargo, tanto en la vida como en los asuntos públicos, solemos actuar como si nada cambiara. Lo paradójico es que las pequeñas decisiones, o las pequeñas omisiones, terminan modificando el rumbo de una persona, de una institución o de un país.
A dos semanas de concluir el Mundial de Clubes y tres jornadas después del inicio de la Liga MX, hemos vuelto a nuestras inercias.
Seguimos siendo una liga sin ascensos ni descensos, a diferencia de las principales competiciones del mundo. En México permanece en Primera División quien puede pagar por estar ahí, no necesariamente quien se ganó ese lugar en la cancha.
Tampoco parece que veremos una nueva generación de futbolistas mexicanos consolidándose en las mejores ligas. Si un jugador no emigra antes de los 23 años, sus posibilidades de competir en la élite disminuyen considerablemente. Como ejemplo, tenemos a los equipos campeones de México y Grecia (Cruz Azul y el AEK de Atenas), plantillas con valores de mercado y niveles competitivos similares.
El problema es estructural. Los clubes mexicanos pagan buenos salarios y tienen pocos incentivos para vender temprano a sus mejores prospectos. Además, muchos jóvenes sudamericanos obtienen con mayor facilidad un pasaporte europeo, lo que facilita su llegada a ligas más competitivas. Si exportar talento resulta tan difícil, la alternativa es elevar el nivel de nuestra propia liga, que no se resolverá con estadios nuevos o remozados.
Si México quiere producir más futbolistas fuera de serie, como Gilberto Mora, debe construir un sistema capaz de identificar y desarrollar el talento desde la infancia. Eso exige docentes comprometidos, entrenadores, nutriólogos, psicólogos del deporte e instituciones que trabajen de forma coordinada.
El sistema educativo podría convertirse en el mayor detector de talento del país, permitiendo que niñas y niños lleguen a las fuerzas básicas por sus capacidades y no por el nivel económico o las relaciones de sus familias. Pero antes debemos garantizar algo más básico: alimentación suficiente, vacunación completa y acceso a la salud. Sin esas condiciones, hablar de igualdad de oportunidades es una ilusión.
El problema trasciende al fútbol. En México, el futuro de millones de niñas, niños y adolescentes depende, en buena medida, del lugar donde nacen. La movilidad social se ha debilitado y el esfuerzo individual suele naufragar entre la inseguridad, la violencia y la pobreza.
Todo cambio encuentra resistencia. La hay en sindicatos que privilegian el control de plazas y recursos, y también entre quienes administran un modelo de negocio muy rentable en el fútbol mexicano.
Las inercias nunca cambian por sí solas. Romperlas implica revisar incentivos, corregir procesos y fortalecer instituciones públicas y privadas. Puede incomodar a algunos en el corto plazo, pero es la única forma de construir un país más competitivo y con mayores oportunidades. Cuando cambian las reglas que desarrollan el talento, no solo mejora el fútbol: mejora México.