Columnas
El día de ayer el mundo ha recibido uno de los más aleccionadores momentos de su historia reciente: La grotesca y teatral manifestación del buleador yanki en su performance arancelario, exponiendo vulgarmente lo que muchos sabemos son las contradicciones de nuestro sempiterno problemático vecino: Los Estados Unidos son un adolescente rico, cuya soberbia y juventud, entremezcladas, dan por resultado el grave incidente geopolítico que cambiará la dinámica mundial drásticamente.
Mi muy querido y recordado maestro, el Dr. H. Kissinger, en su famoso texto La Diplomacia, considera que los Estados Unidos son caracterizados por una actividad internacional pendular, una, con su complejo de “alguacil del Oeste”, que al dizque tener las mejores instituciones políticas, surgidas durante la ilustración, en donde Locke, Smith, Rousseau, Montesquieu y Jefferson, marcaron la pauta técnico-industrial de un país que nació cuando se buscaban las leyes del universo que él creyó encarnar -e imponer-, y que siendo justos, con reservas, materializó con un éxito pasmoso, aderezado con su también fijación colonial-expansionista y supremacista. La otra tendencia, es de corte aislacionista, creyentes en la bonanza de su condición, y sumergidos en el poder de su propaganda multiplicadora de masas poco cultivadas, que pueden darse el lujo de una idealizada autarquía que la vuelve antipática a los asuntos de un mundo del que se siente “aparte” o “mejor”, y donde el mundo occidental ha colaborado con tal apreciación.
El activismo o el aislacionismo, han formado a una sociedad a la que la preeminencia después de la Segunda Guerra Mundial, le hizo cobrar noción de un activismo que sí podemos celebrar, pues el mejor momento de la historia de esa sociedad, aconteció cuando el multilateralismo fraguó la fundación de instituciones internacionales como Naciones Unidas, el aval de los Derechos Humanos y el reforzamiento de un derecho internacional equilibrado, así como una inteligente maniobra confrontativa con el antagónico comunista, que para aislarlo, favoreció la inversión estadounidense en un mundo que no podía quedar bajo el auspicio del resentimiento, como ocurriera tras el fin de la Primera Guerra Mundial: el resentimiento, producto del maltrato soberbio aliado -encarnado en el Tratado de Versalles, 1919-, desencadenó el fascismo europeo, con las consecuencias que los estadounidenses ya olvidaron, y que cabría se pusieran por fin a estudiar, para ver sus consecuencias.
El aislacionismo yanki resurgió, producto del resentimiento ante una globalización que paradójicamente hizo más poderosas a sus élites, pero que demostró su fracaso en un rubro que hoy quieren cobrar al mundo, pues el poco valor que históricamente ha dado ese país a la formación superior de sus miembros, la mayoría clases medias otrora bien pagadas, poco educadas, no incorporadas a una economía tecnológica postindustrial que los rezagó, sin ser conscientes de por qué perdían empleos. Trump les ofreció la respuesta.