El honor es parte integral del ser de las fuerzas armadas de todos los tiempos. El honor lo definimos como ese estándar de consideración, en donde la excelencia obliga constantemente a demostrar los atributos poseídos. Esa consideración se hace teniendo un referente, por ejemplo, la historia.
La historia de las fuerzas armadas de México, nos pueden conducir a épicas tan sorprendentes como la formidable carga de caballería en la batalla de La Angostura, destruyendo a las fuerzas invasoras de los Estados Unidos en su intervención terrestre, frustrando el plan de dos frentes -el otro sería marítimo-, ante la imponente defensa mexicana del norte durante la infame campaña de 1848, en donde la gloria volvería a refrendarse en La Angostura, con una artillería tan magnífica, solamente comparada con la defensa y armisticio de Monterrey.
Cada mexicano lleva en su corazón los sacrificios de nuestras fuerzas armadas, luchando con tanta fiereza que Chapultepec o Churubusco, con el sacrificio de los batallones de San Blas o San Patricio, son páginas de oro que solamente pueden ser narradas con poesía. Han sido un orgullo a pesar de las derrotas, siempre han sido considerados con respeto y esperanza por una población -de la que son parte- que se las ha tenido que ver múltiplemente con las inclemencias de los tiempos.
El honor de nuestras fuerzas armadas, referenciados con nuestra historia repleta de invasiones, mezquindades de sus jefes e ingratitud, para nada tienen que ver con el soldado sacrificado en la línea de fuego, aunque les mandaran parques de otros calibres, o les tocaran retirada cuando fueran ganando, o estallaran misteriosamente sus polvorines (...). Ellos pelearon hasta la muerte por nosotros.
Reconociendo en una triste página de nuestra historia que no debemos por justicia olvidar, nos debe hacer valorar la importancia de que nuestras fuerzas no sean embarradas por los intereses de unos cuantos, como la política en su búsqueda de votos. La razón por la que en los sistemas parlamentarios las fuerzas armadas tienen en los Jefes de Estado a sus Comandantes Supremos, es para evitar que sean cooptados por los intereses políticos de un gobierno electo. Arroparlos por el Estado, con las instituciones y sus leyes que deben de defender, quitándoselos a los partidos y a sus intereses a veces poco coincidentes con los principios de la institucionalidad.
El honor de nuestras fuerzas debe de ser protegido, y su memoria honrada y respetada, es la razón por la que no podemos eclipsar tanto orgullo, a cambio de las megalomanías de algunos. No expongamos nuestra historia, y dejemos que antes que a gobiernos, nuestras fuerzas protejan al Estado y a sus instituciones que siempre han defendido hasta la muerte.