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El látigo del confinamiento

El látigo del confinamiento

Columnas martes 24 de marzo de 2020 - 00:58

Decía Juan Pablo Villalobos, con esa fina ironía ibargüengoitiana, que William Shakespeare escribió varias de sus grandes obras en cuarentena, bajo el acecho de una pandemia, pero que desafortunadamente ninguno de nosotros era Shakespeare.
Yo, más bien, he pensando mucho en Truman Capote durante estos días de confinamiento. Antes de convertirnos en víctimas de una emergencia sanitaria a escala mundial provocada por un virus desconocido, me hice de Música para camaleones en El hallazgo, una librería de viejo en la Condesa con cartas, notas, papeles, billetes y “trocitos de vida” —como les decía la psicoanalista Ingela Camba Ludlow en Twitter— pegados en los techos.
En el prefacio del libro editado por Anagrama, Capote escribe unas líneas autobiográficas absolutamente fascinantes: “Mi vida, al menos como artista, puede proyectarse exactamente igual que la gráfica de la temperatura: las altas y bajas, los ciclos claramente definidos. Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.
Escribir en casa, confinado, siendo rehén de la comida de refrigerador, sin carajillos shakeados ni reproductor de DVD, en guerra declarada contra Netflix y Dominos Pizza, soportando las vibraciones de los camiones desvencijados, desquiciado por la imprudencia de vecinos indiferentes, me tiene sumido en una etapa de nula producción, en un hiato solo comparable con el de la literatura de viajes en México.
Atormentado, sin poder divino que interceda, pienso en lo que mucho que me hubiese gustado no sólo haber sido bendecido con el látigo para autoflagelarme, sino también con el don del que hablaba Truman Capote. Las desigualdades artísticas son casi tan indignantes como las desigualdades sociales. Sobrevivir: ese es el objetivo. Seguiremos reportando desde el inframundo literario.

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/CR

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