¿Qué sería de la demagogia sin su amado culto victimista? Asumir que todo ha estado mal en la historia, que ellos son los salvadores, es su más famosa artimaña, y el habitual chantaje mediante el que extorsionan y convencen (a los crédulos): “Ellos sí nos dan lo que los otros o nos negaban, o peor, nos quitaban”.
“Lo que dizque jamás les dieron”: sistema de salud público (que no existe en los Estados Unidos); educación pública universal a nivel básico y, los que accedan -en todo el mundo civilizado existen pruebas de ingreso-, a la formación superior igualmente pública, con muchas universidades estatales de alto nivel e, incluso, con sistemas de becas que pueden llegar al mismo doctorado, con estancias en una pléyade mundial de universidades y, sólo para recordarlo, una historia sorprendente, que normalmente tienden a manipular para construir su narrativa chatarra de que siempre se fue pobre, esclavo e ignorante (…). Un poco de estudio en fuentes serias y capacidad crítica quitan el prejuicio, claro, salvo que sea un fanático embriagado del discursillo fatalista que ve miserias por todos lados: esos no tienen remedio.
Sin embargo, no se puede caer en el otro extremo de negar nuestros problemas, pero si lo único que se observan son los problemas tras el muro amarillista del fatalismo, los ecos del victimismo constituyen supernovas prejuiciadas que no ayudan para nada a que una sociedad salga adelante.
Decir que todo en el pasado estuvo mal, cobija el discurso vengador de los “iluminados” que cambiarán todo. Es como el cuento del “Patito Feo” que, criado entre patos, resultó un hermoso cisne al que no le reconocían sus virtudes, y antes bien, repleto de burlas, lo condenaron a la soledad y a la tristeza. La demagogia debe proponer un panorama más sucio; más pestífero; más infame y degradado, porque cual ropavejeros, viven de la ropa desgarrada que les ofrecieron.
Salir del nefasto estado victimista, no es simplemente hacerle caso a un filósofo loco que siempre grita que el populismo hiede, sino, como un sincero hecho de “autognosis”, como diría Sócrates repitiendo la frase oracular de Delfos: “conócete a ti mismo”.
Conocerse a sí mismo en este contexto es lo siguiente: Toma los libros de historia, no uno, varios, conoce que tu tierra aglutina a cientos de naciones magníficas; que ha tenido épocas de brillo sorprendente que se pueden ver en cada calle que se camina, donde los palacios conviven con los monumentos, y que esa casa vieja derruida, no siempre fue vecindad, sino que ese bello cuerpo pétreo enfermo, ha sido el botín de invasores que se ofrecen como víctimas de la misma corrupción que a ellos les concediera robarse una casa o una calle. Salir, ver, caminar de la mano de la historia y quitarse la venda de unos ojos que fácilmente serán testigos de que presos en una caverna, tuvieron por verdad las simples sombras de una realidad que les fuera ignota.