En su participación mundialista la selección mexicana ha obtenido dos triunfos en la fase de grupos y según los entendidos, ha demostrado una mejora en su juego. Esto ha despertado mucho entusiasmo e interés en asistir a los partidos, después de todo, un mundial en casa no ocurre todos los días. El deseo de ser parte de esta historia ha llevado a muchos a pagar boletos de altísimo costo, además de alimentos, bebidas y suvenires, en suma, a desembolsar una fuerte cantidad que ante el contexto nacional, no todos podemos cubrir.
Esta ha sido una de las principales críticas del mundial: sus altos costos. Esta discusión no es menor, pues lleva a preguntarnos qué significa realizar un evento de esta magnitud en un país con profundas desigualdades. Aunque se buscó dar una nueva imagen al metro, se transformaron los colores de la ciudad y se ajustaron los servicios, ninguna de estas cosas permitió que el grueso de la población pudiera gozar de un evento marcado por el elitismo.
De aquí surge un dilema interesante. Si una persona tiene los recursos y la oportunidad de asistir a un partido ¿debe hacerlo? ¿o tendría que negarse y asumir una posición crítica ante los excesos del evento? En términos individuales, la respuesta es sencilla: cada quien decide cómo usa su dinero. Si alguien puede pagar un boleto y quiere vivir el momento, está en su derecho.
En días recientes se dio a conocer que la presidenta Claudia Sheinbaum acudió a una cena en el Castillo de Chapultepec, realizado como parte de las actividades mundialistas. A este evento asistieron también directivos de la FIFA, figuras del espectáculo, personalidades del futbol y políticos de varios partidos políticos, incluyendo a Morena.
La presidenta dijo que únicamente fue a “dar un saludo, una bienvenida” y negó quedarse en la cena de gala. Con esta aclaración buscó mostrar su congruencia con el discurso de austeridad que ha marcado al proyecto de la 4T y también, con la solicitud que hizo a los integrantes de su gobierno y partido, de ver los partidos en los espacios públicos habilitados.
Sin embargo, días después se hizo publicó que varios morenistas asistieron a la inauguración, cuyos boletos costaban más de 50 mil pesos, y a otros partidos. Entonces, si se tienen los recursos y la oportunidad para asistir, ¿se debe hacer o no? Cuando trasladamos el cuestionamiento a altos funcionarios o representantes públicos, las cosas cambian.
La cuestión no es asistir o no, sino el mensaje que mandan. El problema con los gobernantes es lo que el mundial muestra. Si una persona con un ingreso medio hubiera ahorrado desde que se anunció que seriamos sede, estoy seguro de que aun así el costo seguiría siendo inalcanzable. Ahí está la crítica: un gobierno que dice estar con el pueblo debería preguntarse qué ha hecho para reducir la gran desigualdad y la falta de oportunidades en México y por qué el pueblo solo puede participar de la fiesta desde lejos.
Morena ha construido su legitimidad a partir de la austeridad, la cercanía popular y la crítica a los privilegios. Por eso situaciones como riquezas inexplicables, viajes o fotos desde un palco se vuelven tan cuestionables. No porque no tengan derecho a gozar del partido, ni tampoco porque deban vivir en completa pobreza, sino porque con sus asistencia exhiben la enorme distancia que existe entre el decir y el hacer. En este sentido su asistencia a los partidos los muestra como hipócritas que dicen estar con la gente, mientras que esa gente que les permitió estar ahí, jamás gozarán del privilegio.