La reciente sentencia del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) en contra de la ciudadana sonorense Karla Estrella es, sin duda, un episodio que debe encender las alarmas de cualquier demócrata. El tribunal ordenó a Karla Estrella publicar durante 30 días consecutivos en sus redes sociales un mensaje de disculpa, redactado con lenguaje jurídico que raya en lo kafkiano, por haber señalado en la plataforma X (antes Twitter) a la diputada Diana Karina Barreras como beneficiaria de un presunto acto de nepotismo por ser esposa del presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Sergio Gutiérrez Luna.
La sentencia no solo es desproporcionada, es peligrosa. Coloca en el banquillo de los acusados a la crítica ciudadana, confundiendo deliberadamente la legítima fiscalización pública con violencia política de género. El mensaje que se le obliga a publicar a Karla Estrella no tiene nada de disculpa espontánea: es una redacción impuesta, redactada con una narrativa punitiva, ajena a cualquier pedagogía cívica. Se sanciona la opinión bajo el ropaje de una protección a los derechos político-electorales, pero en el fondo se está coartando la libertad de expresión.
La presidenta Claudia Sheinbaum, con sensatez, calificó la sentencia como una exageración y recordó que “el poder significa humildad”. Tiene razón. El poder político debe ser escrutable, criticable y, cuando sea necesario, impugnado con firmeza. La crítica no es violencia; la censura sí. Si la política se transforma en una zona libre de cuestionamientos, el riesgo no es menor: es el autoritarismo disfrazado de sensibilidad institucional.
Lo más notable, sin embargo, es la reacción posterior de la propia diputada Barreras, quien —ante el vendaval de críticas y el rechazo social generalizado— solicitó al tribunal revocar la sentencia. Ese gesto habla de una política que, al menos parcialmente, comprendió el error de convertir una crítica en una batalla judicial. Porque la política es, como bien ha dicho la presidenta, una escuela, y a veces se aprende más del escarnio que del elogio.
Este caso deja varias lecciones. Primero: la violencia política de género es real, persistente y debe ser combatida, pero no debe utilizarse como escudo para protegerse de la crítica pública, menos aún cuando se trata de figuras con poder. Segundo: el TEPJF necesita urgentemente una revisión de sus criterios sobre libertad de expresión, crítica política y límites democráticos. Y tercero: la ciudadanía no puede —ni debe— ser domesticada.
La Cuarta Transformación no se construye con silencios obligados, sino con voces críticas. Y es justamente esa pluralidad lo que debe protegerse, incluso si incomoda a quienes detentan el poder. La política no se fortalece con sentencias ridículas, sino con convicciones firmes y humildad auténtica. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/m8NQ1r8gvjI?si=2vdZjgvOQDc-Td8L