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Definitivamente la consolidación de los estados-nación se logró por encima de las identidades locales y, en muchos casos, inspirados en los principios liberales del siglo dieciocho, que comprende al estado como un poder centralizado, racional (conformado por instituciones con presencia en todo el territorio, y una administración pública constituida por personal especializado) y efectivo, que tiene en sus manos la consagración del “progreso”.
El “progreso” es, quizá, la más importante de las nociones liberales, que refiere la primacía del pensamiento analítico -científico y universal-, por encima de las creencias particulares que pueden contener todo tipo de prejuicios que, desde el punto de vista liberal, lo único que hacen es mantener a las sociedades anquilosadas en un océano de cosas injustificadas. Las tradiciones, definitivamente, bajo los órdenes heredados de la religión, la estructura económica, los idiomas y los localismos, quedaban aplastadas bajo el imperio del progreso que no podía detenerse por cuanta particularidad se refiriera.
El progreso iba porque iba, no importando si precisamente chocaba mortalmente con las instituciones heredadas, tan desacreditadas -o despreciadas-. Pareciera a los líderes del movimiento liberal, que definitivamente tendría al siglo diecinueve como su momento de mayor expresión, al consagrar el definitivo dominio burgués, con sus instituciones como el sistema parlamentario y la división de poderes, que se evitaría la concentración del poder no tanto en un sólo personaje, sino en una todopoderosa administración, capaz de encarnar un despotismo tecnócrata bajo las órdenes de un gobernante absoluto. El liberalismo sería el mortal enemigo de los absolutismos, y los grandes cabecillas de los movimientos revolucionarios burgueses de 1830 y 1848.
Un orden racional y tan fuertemente crítico con las identidades, colisionó definitivamente con las mentalidades lejanas a las grandes teorías de John Locke o de Robert Turgot, y surgió un sentimiento de compadecimiento e idealización de una figura que cobraría primacía inusitada: el pueblo.
Pensadores como Johann Herder, dotaría al “volks” (pueblo) de un estatuto unívoco, que supuestamente porta unicidad, y donde el lenguaje, a través de las nociones transmitidas en palabras, concentra una comprensión de las cosas absoluta, irrepetible e intransmisible (por eso es único). El pueblo comenzó a presumir características ideales que antepuestas al analiticismo liberal, pretendían frenarlo.
La literatura romántica, plagada de idealizados personajes que sufrían los costos de la revolución industrial, en autores como Dickens, o que elogiaran hasta las evidentes limitaciones de un campesinado romantizado en obras de Tolstoi o Dostoievski, son muestra de la construcción poetizada de personas comunes que portan tantas virtudes como vicios, atrapadas en las contradicciones del progreso, que no han hecho del todo bien a la sociedad, pues las personas ni son poemas, ni tienen la unicidad existencial capaz de inmunizarlos ante la ley, o consagrarlos como legitimadores de tiranías carismáticas.