El pueblo sabio
El pueblo sabio

Columnas martes 19 de febrero de 2019 - 02:30


El domingo pasado apareció en el portal de Milenio la entrevista de Tragaluz que Fernando del Collado hizo a la secretaria de Función Pública, doctora Irma Eréndira Sandoval. Ahí, la titular de la Función Pública declara “el pueblo es más preparado que todos los doctores del mundo”. Una manifestación consistente con las declaraciones de la secretaria Sandoval es la de Esteban Moctezuma, secretario de Educación Pública “ahora se vale copiar y se debe copiar porque se debe trabajar en equipo.

Ahora los niños aprenden que el conocimiento es algo que se genera en lo individual y en lo social”.

Esta línea de pensamiento es coincidente con lo expresado por el Presidente de la República unos días antes “siempre son los expertos los que deciden o los integrantes de la sociedad civil y el pueblo raso no es tomado en cuenta, como si no existiera o no supiera… que se acabe el elitismo, unos cuantos expertos opinando por todos… El pueblo es sabio, el pueblo no es tonto”.

Detrás de todo lo anterior, parece haber una confusión conceptual entre conocimiento y sabiduría. No es lo mismo saber, por ejemplo, cómo se calculan los impuestos o se produce gasolina, que tener sabiduría de la vida. Toda sabiduría es una forma de conocimiento, pero no todo conocimiento es una forma de sabiduría. Demos por buena la idea presidencial de que el pueblo es sabio. Ni el más sabio de los sabios lo sabe todo. Por eso existen las especialidades, la formación técnica. Toda sociedad moderna distingue estas cuestiones. Subrayo moderna.

La existencia de expertos y organismos técnicos sirve, entre otras cosas, para orientar a los ciudadanos que no tenemos un grado de especialización en determinadas áreas del conocimiento. En términos simples, el abogado consulta un médico y éste último a un contador, pero no por ello son más o menos sabios. Y volviendo a las sociedades modernas, éstas requieren separar el conocimiento de consideraciones políticas para que sea posible garantizar un discurso público sustentado exclusivamente en datos científicos. Las opiniones políticas vienen después de conocer los datos, de ahí que se reconozca, digamos, la autonomía universitaria.

“Hablarle al poder con la verdad” reza el dicho en algunos países. En pueblos como el nuestro, la tradición de abuso y la tentación de manipulación informativa por parte de los poderosos han sido tan frecuentes a lo largo de la historia, que se crearon organismos técnicos autónomos. Por eso tenemos el INEGI, para producción de estadísticas confiables y verificables por todos los interesados. Algo similar ocurre con el INE, para organización de elecciones. De otra manera, se abre la sospecha sobre la autoridad de imponer preferencias propias o manipular la información. Esperemos que la embestida oficial contra los organismos autónomos no tenga ese origen.


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